Pablo tenía ocho años y una costumbre que sus amigos consideraban un poco rara: le encantaba la biblioteca. No los libros de texto del colegio, sino los libros viejos con tapas duras y páginas que olían a aventura. La biblioteca municipal de su ciudad, Salamanca, era su lugar favorito del mundo.
Una tarde de miércoles, mientras buscaba un libro sobre piratas en la sección de historia, un papel doblado cayó de entre las páginas de un libro enorme titulado «Crónicas de Salamanca, 1752». Pablo lo recogió del suelo y lo desdobló con cuidado.
Era un mapa. Un mapa dibujado a mano con tinta marrón sobre un papel grueso y amarillento. Mostraba las calles de Salamanca, pero no la Salamanca moderna. Era una Salamanca antigua, con edificios que Pablo no reconocía y calles con nombres diferentes. En el centro del mapa había una estrella roja dibujada sobre un edificio con la inscripción: «Aquí descansa el tesoro de los estudiantes.»
—¡Un mapa del tesoro! —exclamó Pablo sin poder contenerse.
—¡Chisss! —le mandó callar la bibliotecaria, doña Esperanza, una señora con gafas redondas que parecía tener cien años pero se movía como si tuviera treinta.
Pablo guardó el mapa en su mochila con el corazón latiendo a mil por hora. Al salir de la biblioteca, corrió a buscar a sus dos mejores amigas: Nora, que sabía todo sobre historia porque su madre era profesora en la universidad, y Jimena, que era la más valiente y siempre llevaba una lupa en el bolsillo «por si acaso».
Las encontró en el parque, sentadas en su banco favorito.
—Tenéis que ver esto —dijo Pablo sin aliento, desplegando el mapa sobre el banco.
Nora se ajustó las gafas y se inclinó sobre el mapa con fascinación.
—Este mapa es del siglo dieciocho. Mirad el estilo de los dibujos y la tinta. Es auténtico.
Jimena sacó su lupa y examinó la estrella roja.
—«El tesoro de los estudiantes» —leyó—. Salamanca siempre ha sido una ciudad de estudiantes. ¿Qué tesoro esconderían?
—Solo hay una forma de averiguarlo —dijo Pablo con una sonrisa enorme.
Aquella tarde, en aquel banco del parque, nació el Club de los Mapas Perdidos. Su primera misión: encontrar el tesoro escondido en su propia ciudad.
