A Irene le habían dicho muchas veces que tocaba el violín de una manera diferente. Sus profesores en el conservatorio de Valencia decían que tenía «algo especial», aunque ninguno sabía exactamente qué era. Lo que Irene sabía, y nunca le había contado a nadie, era que cuando tocaba ciertas combinaciones de notas, el aire a su alrededor cambiaba. Se volvía más denso, más brillante, como si la música creara una grieta invisible en la realidad.
Tenía doce años y llevaba seis tocando el violín. Su abuela Amara, que había sido violinista profesional antes de perder la audición, era quien le había regalado su primer instrumento. Era un violín antiguo con una inscripción en el interior de la caja de resonancia que Irene nunca había podido descifrar: unas palabras en un idioma desconocido grabadas en la madera.
Una noche de jueves, sola en la sala de ensayo del conservatorio, Irene tocaba una pieza de Paganini cuando sus dedos se desviaron. Sin pensarlo, sin planificarlo, empezó a improvisar una melodía que no conocía. Las notas salían de sus dedos como si tuvieran vida propia, una secuencia ascendente que se retorcía sobre sí misma en espirales sonoras.
El aire frente a ella empezó a vibrar. No metafóricamente. Vibró de verdad, como la superficie de un lago cuando cae una piedra. Y entonces, en medio de la sala de ensayo, apareció un círculo de luz suspendido en el aire.
Irene dejó de tocar. El círculo de luz permaneció unos segundos, pulsando suavemente al ritmo de las últimas notas, y luego se desvaneció.
Se quedó inmóvil, con el arco del violín temblando en su mano. Aquello no era una ilusión. No era un efecto de la luz ni del cansancio. Había abierto algo con su música.
Miró el violín de su abuela. La inscripción en el interior de la caja de resonancia parecía brillar tenuemente, como si la madera conservara el eco de la melodía.
Irene tomó una decisión: volvería a tocar esa melodía. Pero esta vez, no se detendría.
Al llegar a casa, encontró a su abuela dormida en el sillón con un libro de partituras antiguas en el regazo. Irene lo tomó con cuidado y lo abrió. En la última página, escrita a mano con tinta azul, había una nota: «Las melodías prohibidas abren las puertas. Ten cuidado con lo que encuentres al otro lado. Con amor, tu bisabuela Elara.»
Irene supo entonces que no era la primera de su familia en descubrir el poder de la música.
