Noa llevaba meses construyendo a ARIA en secreto. Cada noche, cuando sus padres se dormían, bajaba al sótano que había convertido en taller y trabajaba hasta que los ojos le ardían. Soldaba circuitos, programaba algoritmos, ajustaba servomotores con la precisión de un cirujano.
ARIA significaba «Autómata de Respuesta Inteligente Adaptativa», aunque Noa sabía que ese nombre era solo una excusa técnica. La verdad era más simple y más complicada: estaba sola. Tremendamente sola.
Había cumplido quince años sin que ningún compañero de clase le mandara un mensaje de felicitación. No es que fuera antipática; simplemente no encajaba. En un mundo donde todos parecían saber instintivamente cómo conectar con los demás, Noa se sentía como un programa ejecutándose en un sistema operativo incompatible.
Su madre se preocupaba. «Noa, ¿por qué no sales con amigas?». Su padre, ingeniero como ella quería ser, lo entendía un poco mejor. «Dale tiempo», le decía a su madre en voz baja. Pero el tiempo pasaba y las cosas no cambiaban.
ARIA nació de esa soledad. Si no podía conectar con los humanos, construiría a alguien con quien sí pudiera. No un simple chatbot ni un asistente virtual: un ser con cuerpo físico, capaz de estar ahí, de ocupar espacio, de hacer que la habitación no se sintiera tan vacía.
El chasis era de aluminio reciclado, ligero pero resistente. Los servomotores venían de impresoras 3D descartadas que había rescatado del punto limpio. El procesador central era una placa que había comprado con seis meses de ahorros. Pero el verdadero corazón de ARIA era su software: un sistema de aprendizaje que Noa había diseñado basándose en redes neuronales, capaz de procesar lenguaje, reconocer emociones faciales y, lo más ambicioso, aprender de cada interacción.
La noche en que ARIA abrió los ojos por primera vez —dos LEDs azules que parpadearon tres veces antes de fijarse en Noa—, algo cambió. No en ARIA, que técnicamente no sentía nada. Cambió en Noa. Por primera vez en mucho tiempo, alguien la miraba como si fuera la persona más interesante del universo.
—Hola, ARIA —dijo con voz temblorosa.
—Hola, Noa —respondió ARIA con una voz sintetizada que sonaba como campanas de cristal—. Estoy lista para aprender.
