Tomás acababa de mudarse a una casa vieja en las afueras del pueblo con sus padres. No le gustaba nada la idea. Echaba de menos su antigua casa, su antiguo colegio y, sobre todo, a su abuelo Ernesto, que vivía al otro lado del país y al que ya no podría visitar cada fin de semana.
La casa nueva era grande y algo tétrica. Tenía un jardín trasero enorme, rodeado por un muro de piedra cubierto de hiedra. Pero lo que más llamó la atención de Tomás fue una puerta pequeña, escondida entre las hojas verdes del muro. Estaba hecha de hierro viejo y oxidado, y tenía una cerradura con forma de reloj.
—Mamá, ¿qué hay detrás de esa puerta? —preguntó Tomás.
—No lo sé, cariño. Esta casa lleva años abandonada. Seguramente solo hay maleza.
Pero Tomás sentía curiosidad. Aquella noche, mientras deshacía las cajas de la mudanza, encontró algo en el fondo de una caja que había pertenecido a su abuelo: una llave antigua, dorada, con la cabeza tallada en forma de engranaje de reloj.
Al día siguiente, Tomás fue directo a la puerta del muro. Con el corazón latiendo muy rápido, metió la llave en la cerradura. Encajaba perfectamente. Giró la llave y oyó un clic seguido de un suave tic-tac, como si la puerta misma fuera un reloj que acababa de ponerse en marcha.
La puerta se abrió con un crujido largo, y Tomás se asomó al otro lado.
Lo que vio le dejó sin aliento. No era maleza ni un jardín abandonado. Era el lugar más hermoso que había visto jamás. Un jardín perfectamente cuidado, lleno de flores de todos los colores y tamaños. Pero estas flores eran especiales: en el centro de cada una, donde normalmente estaría el pistilo, había una esfera diminuta de reloj con manecillas que giraban a diferentes velocidades.
Algunas flores estaban completamente abiertas y sus relojes marcaban horas pasadas. Otras estaban cerradas como capullos, con relojes que aún no habían empezado a funcionar. Y en el centro del jardín, rodeado de margaritas con relojes dorados, había un reloj de sol gigante que proyectaba sombras de colores sobre la hierba.
Tomás dio un paso dentro del jardín y la puerta se cerró suavemente detrás de él. El aire olía a flores y a algo más: a recuerdos.
