Tarik tenía doce años y el desierto era su hogar. No un hogar con paredes y techo, sino un hogar que se extendía hasta donde alcanzaba la vista: dunas doradas que cambiaban de forma con cada amanecer, cielos tan amplios que parecían no tener fin y un silencio tan profundo que podía escucharse el latido del propio corazón.
Pertenecía a los Kel Tamasheq, un pueblo nómada que había cruzado el Sáhara durante generaciones. Su familia viajaba con una caravana de veinte camellos, siguiendo las rutas ancestrales que conectaban oasis con oasis, mercado con mercado. Su padre, Amud, era el guía de la caravana, y su madre, Fatimata, la encargada de mantener vivas las tradiciones.
Pero algo diferenciaba a Tarik del resto de los jóvenes de la caravana: oía voces en el viento. No voces imaginarias ni el silbido normal de las corrientes de aire entre las dunas. Eran voces que contaban historias. Relatos en un idioma antiguo que Tarik, de alguna manera, comprendía.
La primera vez que las escuchó tenía ocho años. Estaba sentado solo en lo alto de una duna al atardecer cuando el viento cambió de dirección y una voz profunda y cálida comenzó a narrar la historia de un guerrero que cruzó el desierto para salvar a su pueblo de una sequía. Tarik escuchó fascinado hasta que la historia terminó y el viento se calmó.
Corrió a contárselo a su madre. Fatimata lo miró con los ojos muy abiertos.
—Son las voces de los ancestros —dijo con reverencia—. Mi abuela me habló de ellas. Dicen que, cada varias generaciones, nace alguien capaz de escuchar las historias que el viento lleva desde el principio de los tiempos. Se les llama Amawal, los guardianes de la palabra.
—¿Y qué se supone que debo hacer? —preguntó Tarik.
—Escuchar. Aprender. Y cuando llegue el momento, transmitir esas historias para que nunca se pierdan.
Desde entonces, Tarik escuchaba al viento cada noche. Había oído decenas de historias: sobre reinas del desierto, sobre ciudades ocultas bajo la arena, sobre pactos entre tribus y sobre estrellas que guiaban a los viajeros perdidos. Las memorizaba todas, palabra por palabra.
Pero ahora, a sus doce años, algo estaba cambiando. Las voces se estaban debilitando. Cada noche eran más difíciles de escuchar, como una emisora de radio que pierde señal lentamente. Y Tarik tenía miedo de que, si las voces se apagaban, las historias de su pueblo desaparecerían para siempre.
