Valentina Rojas descubrió que algo andaba mal un martes por la tarde, cuando entró en la Biblioteca Municipal de San Marcos y encontró la sección de novelas completamente vacía. Los estantes, que normalmente albergaban cientos de volúmenes de Cervantes, García Márquez y Borges, mostraban solo polvo y marcas rectangulares donde los libros habían descansado durante décadas.
—Disculpe —dijo Valentina acercándose al mostrador—, ¿están reorganizando la sección de literatura?
La bibliotecaria, doña Carmen, una mujer de sesenta años que llevaba trabajando allí desde antes de que Valentina naciera, la miró con ojos enrojecidos.
—No, niña. Han desaparecido. Todos. De un día para otro.
Valentina sintió un escalofrío. Ella era una lectora voraz, de esas que devoraban tres libros por semana y siempre llevaba uno en la mochila. La idea de que los libros simplemente se esfumaran le parecía imposible.
Esa noche, mientras cenaba con su padre, un periodista jubilado, mencionó lo ocurrido. Él dejó caer el tenedor sobre el plato.
—No es solo aquí, Valentina. He estado leyendo informes en foros internacionales. Están desapareciendo libros en bibliotecas de todo el mundo. Buenos Aires, París, Tokio, Nueva York. Siempre los mismos títulos: los clásicos de la literatura universal.
—¿Y nadie hace nada?
—Las autoridades creen que son robos organizados para el mercado negro. Pero no tiene sentido. Son ediciones públicas, no ejemplares valiosos.
Valentina subió a su habitación y abrió su portátil. Buscó noticias sobre desapariciones de libros y encontró decenas de artículos recientes. Un patrón emergió ante sus ojos: las desapariciones habían comenzado hacía exactamente tres meses, siempre en bibliotecas públicas, y siempre afectaban a obras que llevaban más de cincuenta años publicadas.
Pero lo que realmente captó su atención fue un pequeño blog llamado «El Último Lector». Su autor anónimo afirmaba que las desapariciones no eran robos, sino que los libros se estaban borrando de la existencia. Literalmente. Como si alguien estuviera eliminando no solo los ejemplares físicos, sino la memoria colectiva de que habían existido.
Valentina tomó su ejemplar personal de Cien años de soledad de la estantería. Seguía allí, sólido entre sus manos. Pero al abrirlo, descubrió con horror que varias páginas estaban completamente en blanco. Las palabras se estaban desvaneciendo.
