En la calle Girasol vivían cinco amigos muy especiales. Se llamaban Lucía, Mateo, Sofía, Pablo y la pequeña Nora. Cada mañana, después del desayuno, se reunían en el parque que había justo en medio de su barrio.
El parque tenía un tobogán rojo, tres columpios y un banco donde el abuelo Ramón se sentaba a leer el periódico. También tenía un árbol enorme, tan grande que sus ramas parecían brazos gigantes que querían abrazar a todo el barrio.
Un día, Lucía llegó al parque con una caja de cartón.
—¡Mirad lo que he encontrado! —dijo muy emocionada.
Dentro de la caja había cinco trozos de tela de colores: rojo, azul, verde, amarillo y morado.
—¡Podemos hacer capas de superhéroes! —gritó Mateo dando saltos de alegría.
Sofía, que era la más lista del grupo, tuvo una idea aún mejor.
—¿Y si no solo jugamos a ser superhéroes? ¿Y si somos superhéroes de verdad? Podemos ayudar a la gente del barrio.
Pablo se rascó la cabeza.
—Pero nosotros no tenemos superpoderes.
—¡Claro que sí! —dijo la pequeña Nora, que solo tenía cinco años—. Yo sé dar abrazos muy fuertes. Eso es un superpoder.
Todos se rieron, pero Sofía asintió.
—Nora tiene razón. No hace falta volar ni tener superfuerza. Cada uno tiene algo especial. Lucía es muy valiente, Mateo es súper rápido, yo soy buena resolviendo problemas, Pablo es el más fuerte y Nora… Nora tiene el poder de hacer sonreír a cualquiera.
Aquel día se ataron las capas al cuello y se pusieron un nombre: «Los Héroes de la Calle Girasol». Hicieron un juramento muy serio, levantando la mano derecha.
—Prometemos ayudar a quien lo necesite, ser amables siempre y no comernos las chuches de los demás sin permiso.
El abuelo Ramón los vio desde su banco y sonrió por debajo de su bigote blanco.
—Este barrio está en buenas manos —murmuró, y pasó la página de su periódico.
