En el pueblo de Rocamar, que se agarraba a los acantilados como una cabra montesa, vivía una niña llamada Coral. Tenía ocho años, el pelo rizado por la sal del mar y unos ojos tan verdes como las algas que cubrían las rocas durante la marea baja.
Coral vivía con su abuelo Esteban, un viejo pescador que conocía el mar como quien conoce a un amigo de toda la vida. Cada mañana, antes de que saliera el sol, el abuelo sacaba su barca y se adentraba en el océano. Y cada tarde, cuando volvía con la pesca, se sentaban juntos en el porche a mirar cómo el mar cambiaba de color.
—Abuelo, ¿por qué las mareas suben y bajan? —preguntó Coral un día.
—La Luna tira del mar, como si lo llamara —respondió el abuelo—. Y el mar le hace caso porque, aunque es enorme, tiene un corazón blando.
Pero las mareas de Rocamar no eran normales. Todo el mundo en el pueblo lo sabía, aunque nadie hablaba de ello. Cuando el mar se retiraba, dejaba cosas en la playa. No basura ni algas, como en otros sitios. Dejaba objetos extraños que nadie podía explicar.
Una vez apareció un reloj de arena que contaba el tiempo al revés. Otra vez, una caracola que, al acercarla al oído, no sonaba a mar sino a música de violín. Una mañana encontraron un espejo redondo que, en lugar de reflejar tu cara, mostraba el paisaje de un lugar que no existía en ningún mapa.
La gente del pueblo recogía los objetos y los guardaba sin hacer preguntas. «Son regalos del mar», decían, como si eso lo explicara todo.
Pero Coral era curiosa. Más que curiosa: era de esas niñas que necesitaban entender las cosas. Y la mañana en que encontró la botella, supo que no podía quedarse callada.
Fue un martes de luna llena. La marea había bajado más que nunca, dejando al descubierto rocas que normalmente estaban bajo el agua. Entre ellas, medio enterrada en la arena húmeda, brillaba una botella de cristal verde con un mensaje dentro.
Coral la abrió con cuidado. Dentro había un papel enrollado con una sola frase escrita en tinta azul:
«Si quieres saber de dónde vienen los regalos, sigue la marea cuando la luna llore.»
—¿La luna llora? —murmuró Coral, mirando hacia el cielo donde la luna llena empezaba a asomar.
