Nina era una niña de seis años que vivía en un pueblecito en lo alto de una montaña. Desde su ventana podía ver las nubes tan cerquita que parecía que podía tocarlas con la mano. Cada mañana, al despertar, lo primero que hacía era mirar al cielo y buscar formas en las nubes.
—¡Mira, mamá! Esa parece un conejo —decía señalando al cielo.
—Y aquella parece un barco —respondía su madre sonriendo.
A Nina le encantaba dibujar. Tenía un cuaderno lleno de dibujos de nubes con forma de animales, de castillos, de flores gigantes. Pero siempre se preguntaba lo mismo: ¿quién les daba forma a las nubes?
Una mañana de primavera, Nina se despertó muy temprano. El sol apenas empezaba a asomarse y una niebla espesa cubría la montaña. Cuando miró por la ventana, vio algo que nunca había visto antes: una escalera. Pero no era una escalera normal. Estaba hecha de algo blanco y esponjoso, como algodón de azúcar, y subía desde el jardín de su casa directamente hacia las nubes.
Nina se frotó los ojos para asegurarse de que no estaba soñando. La escalera seguía ahí, brillando suavemente con la luz del amanecer. En el primer peldaño había una nota escrita con tinta dorada que decía: «Para la niña que siempre mira hacia arriba. Te esperamos en el Taller».
El corazón de Nina latía muy rápido. Miró hacia la cocina: su madre aún dormía. Miró hacia la escalera: los peldaños subían y subían hasta perderse entre las nubes rosadas del amanecer.
Con mucho cuidado, puso un pie en el primer peldaño. Era blandito y tibio, como pisar una almohada calentita. No se hundió. El segundo peldaño fue igual de firme. Y el tercero. Nina empezó a subir, peldaño tras peldaño, cada vez más alto.
La montaña se fue haciendo pequeñita debajo de ella. Su casita parecía una caja de juguete. Los pájaros volaban a su lado, sorprendidos de ver a una niña subiendo por una escalera de nubes. Nina les saludó con la mano y siguió subiendo, con una gran sonrisa en la cara y el cuaderno de dibujos apretado contra su pecho.
