Mateo llevaba tres noches sin dormir bien, y todo por culpa de las risas. Cada noche, exactamente a las doce en punto, unas carcajadas se escuchaban desde el desván de su casa. No eran risas normales: unas veces sonaban como un viejito que se partía de risa, otras como un grupo de niños con un ataque de carcajadas, y otras como una señora que se reía tan fuerte que parecía que se iba a caer de la silla.
La primera noche, Mateo se tapó hasta las orejas con la manta. La segunda, llamó a sus padres, pero cuando ellos subieron a mirar no encontraron nada.
—Será el viento, cariño —le dijo su madre.
—O las tuberías —añadió su padre bostezando—. Las casas viejas hacen ruidos raros.
Pero Mateo sabía que las tuberías no se reían. Y desde luego, las tuberías no contaban chistes.
Porque la tercera noche, Mateo se armó de valor. Cogió su linterna, se puso las zapatillas de conejito y subió las escaleras del desván despacio, peldaño a peldaño, con el corazón latiéndole en las orejas.
El desván era un lugar polvoriento y lleno de trastos viejos: cajas de cartón, un maniquí que daba un susto tremendo a contraluz, un perchero que parecía un monstruo flaco, y montañas de cosas que sus abuelos habían ido acumulando durante décadas.
Mateo apuntó la linterna hacia el fondo del desván y entonces lo vio: un baúl enorme de madera oscura que no había visto nunca. Tenía grabada una cara sonriente en la tapa, con una boca abierta de par en par como si estuviera a punto de soltar una carcajada. Y de dentro del baúl salía un brillo dorado y un murmullo que, al acercarse, se convirtió claramente en risas.
Mateo tragó saliva. Puso las manos sobre la tapa del baúl. Estaba calentita, como si alguien lo hubiera estado usando. Contó hasta tres, cerró los ojos y abrió el baúl de golpe.
Dentro había libros. Decenas de libros de todos los tamaños y colores, apilados unos sobre otros. Y no eran libros cualquiera: eran libros de chistes. Mateo cogió el primero. En la portada decía: «Los 1.000 Mejores Chistes del Universo – Edición Mágica». Y debajo, en letras más pequeñas: «Atención: este libro cobra vida a medianoche».
Antes de que Mateo pudiera procesar lo que acababa de leer, el libro se abrió solo y una vocecita alegre salió de sus páginas:
—¡Por fin alguien nos encuentra! ¿Sabes qué le dijo un techo a otro techo? ¡Techo de menos!
Y todas las risas del desván estallaron a la vez.
