La doctora Elena Vásquez llevaba treinta y seis horas sin dormir cuando la alarma sonó en el laboratorio subterráneo del CIEN, el Centro Internacional de Emergencias Nucleares. No era una alarma cualquiera. Era la señal Omega, un código que solo había visto en simulacros y que rezaba nunca tener que escuchar en la vida real.
Sus manos temblaron mientras introducía su clave de acceso en la terminal principal. La pantalla mostró un mensaje que heló su sangre: «Protocolo Omega activado. Tiempo estimado de impacto: 72 horas. Autorización de nivel 5 requerida.» Elena era una de las siete personas en el mundo con autorización de nivel 5.
El Protocolo Omega había sido diseñado en secreto hacía una década, cuando un grupo de científicos descubrió que una mutación viral latente en el permafrost siberiano podría despertar con el calentamiento global. La solución propuesta era radical: un compuesto bioquímico capaz de neutralizar cualquier virus conocido. El problema era que ese mismo compuesto, en dosis incorrectas, podía alterar el ADN humano de forma irreversible.
«Elena, te necesitamos en la sala de crisis. Ahora.» La voz del general Marcos Herrera sonó metálica a través del intercomunicador. Elena recogió su tablet, donde ya aparecían los primeros datos del brote detectado en una estación de investigación ártica. Cuatro científicos muertos en menos de doce horas. El virus se había despertado.
Caminó por los pasillos de hormigón armado, donde las luces de emergencia parpadeaban en rojo. Al entrar en la sala de crisis, encontró a los otros seis titulares del nivel 5: militares, políticos y científicos de distintas nacionalidades, todos con la misma expresión de terror controlado.
«La situación es la siguiente», comenzó el general Herrera, señalando un mapa holográfico donde puntos rojos parpadeaban sobre el Ártico. «El virus Sigma-7 ha escapado del permafrost. Se transmite por aerosol y tiene una tasa de mortalidad del noventa y tres por ciento. Si alcanza un centro urbano, la pandemia será imparable.»
Elena tragó saliva. Ella había participado en el desarrollo del Protocolo Omega. Sabía que funcionaba. Pero también sabía el precio. El compuesto debía dispersarse en la atmósfera a escala global. Salvaría a la humanidad del virus, pero existía un riesgo del quince por ciento de provocar mutaciones genéticas en la población expuesta. Millones de personas podrían verse afectadas.
«Tenemos setenta y dos horas para decidir», dijo el general. «El reloj ya está corriendo.»
Elena miró a su alrededor. Siete personas. El destino de ocho mil millones en sus manos.
