Lucía, Tomás y su perrita Canela estaban jugando en el jardín de la abuela cuando encontraron algo muy especial. Entre las margaritas y los girasoles había una flor que nunca habían visto. Era pequeñita, con pétalos de todos los colores del arcoíris, y brillaba como si tuviera luces por dentro.
«¡Mira qué bonita!», dijo Lucía, acercándose para olerla. Tomás se agachó junto a ella. Canela movía la cola sin parar. Cuando los tres se inclinaron sobre la flor, algo increíble sucedió. Un polvillo dorado salió de los pétalos y los envolvió como una nube de purpurina.
Todo empezó a dar vueltas. El suelo se alejaba, o más bien, ellos se hacían más y más pequeños. Las briznas de hierba crecían como árboles enormes. Las piedrecitas del camino se convertían en rocas gigantes. Cuando todo dejó de girar, Lucía, Tomás y Canela eran del tamaño de una hormiga.
«¡Somos diminutos!», gritó Tomás, mirando hacia arriba. La margarita más cercana parecía un rascacielos blanco con centro amarillo. Una gota de rocío brillaba sobre una hoja como una bola de cristal gigante.
Canela ladraba asustada, pero Lucía la abrazó. «Tranquila, bonita. Estamos juntos y vamos a estar bien.» La perrita se calmó un poquito y empezó a olfatear el suelo, que ahora olía a tierra húmeda y dulce.
De pronto, escucharon un ruido enorme. ¡BUM, BUM, BUM! Era una hormiga que se acercaba, pero a su nuevo tamaño parecía tan grande como un caballo. La hormiga se detuvo, movió sus antenas y los miró con curiosidad.
«Hola», dijo Lucía con voz temblorosa. La hormiga inclinó la cabeza como si los saludara. Entonces hizo algo sorprendente: se dio la vuelta y les hizo un gesto con las antenas, como invitándolos a seguirla.
«¿Crees que quiere que la sigamos?», preguntó Tomás. Lucía miró a Canela, que ya estaba caminando detrás de la hormiga moviendo la cola. «Parece que Canela ya ha decidido por nosotros», dijo riendo.
Y así comenzó la aventura más increíble de sus vidas. Tres amigos diminutos en un jardín que ahora era todo un mundo por descubrir.
