Marina descubrió que podía entrar en los sueños de otras personas la noche que cumplió trece años. Estaba dormida, soñando con un bosque de árboles plateados, cuando de pronto el paisaje cambió. Ya no era su bosque. Era una cocina vieja y desordenada, y una mujer que no conocía lloraba sentada en una silla. Marina intentó hablarle, pero la mujer no la veía. Entonces el sueño se disolvió y Marina despertó empapada en sudor.
A la mañana siguiente, en el autobús escolar, su compañera de asiento Valentina tenía los ojos rojos. «He soñado con mi abuela», murmuró. «Estaba en su cocina, llorando. Desde que murió el año pasado, sueño con ella a veces.» Marina sintió un escalofrío. Había estado dentro del sueño de Valentina.
Durante las semanas siguientes, le pasó más veces. Cada noche, en algún momento, su propio sueño se rompía como una burbuja y aparecía dentro del sueño de otra persona. Vio los miedos de su hermano pequeño, las fantasías de aventura de su mejor amigo Pablo, e incluso una pesadilla de su profesor de matemáticas en la que olvidaba cómo sumar.
Marina no le contó a nadie. ¿Quién le creería? Pero empezó a investigar por su cuenta. Buscó en internet sobre sueños lúcidos, telepatía onírica y conexiones mentales. Encontró foros donde gente hablaba de experiencias parecidas, aunque la mayoría parecían inventadas.
Hasta que encontró un mensaje de alguien que se hacía llamar Arquitecto de Sueños. El mensaje decía: «Si puedes caminar por los sueños de otros, no estás solo. Hay una red. Siempre ha existido. Y te está buscando.»
Marina respondió al mensaje con manos temblorosas. La respuesta llegó en segundos: «Ven al parque del Retiro mañana a las cinco de la tarde. Banco junto a la fuente del Ángel Caído. Sabrás reconocerme porque estaré leyendo un libro con la portada en blanco.»
Pablo, su mejor amigo, la acompañó. «Si es un loco, salimos corriendo», dijo él, medio en broma. En el banco encontraron a una chica de unos dieciséis años con el pelo azul y efectivamente un libro sin portada. Se llamaba Irene y lo primero que dijo fue: «Anoche estuve en tu sueño del bosque plateado. Los árboles son preciosos, por cierto.»
Marina supo que todo era real.
