Aitana siempre había sido diferente. Mientras los demás niños de su pueblo corrían a resguardarse cuando soplaba el viento, ella salía a recibirlo con los brazos abiertos. Sentía algo en las ráfagas que nadie más percibía: sonidos que no eran solo silbidos, sino palabras. Fragmentos de historias, susurros de nombres olvidados, ecos de canciones antiquísimas.
Vivía con su abuelo Martín en un pueblo pequeño de la costa cantábrica, en lo alto de un acantilado donde el viento del mar golpeaba sin descanso. Su abuelo era un hombre tranquilo que sabía mucho de historia y mitología, y que nunca se reía de las cosas extrañas que Aitana le contaba.
«Abuelo, el viento me ha dicho un nombre hoy», dijo Aitana una tarde de otoño, entrando en casa con las mejillas coloradas. «Ha dicho Eolo.» El abuelo Martín dejó su taza de café en la mesa y la miró con atención. «Eolo es el dios de los vientos en la mitología griega. Los antiguos creían que guardaba todos los vientos del mundo en una cueva y los liberaba cuando quería.»
«Pues creo que quiere hablar conmigo», dijo Aitana con total naturalidad. Su abuelo sonrió, pero no era una sonrisa de incredulidad. Era una sonrisa de reconocimiento, como si llevara años esperando este momento.
«Siéntate, Aitana. Hay algo que debería haberte contado hace tiempo.» El abuelo sacó de un cajón un cuaderno viejo con tapas de cuero gastado. Las páginas estaban llenas de dibujos de espirales, mapas del viento y notas escritas en una caligrafía elegante que Aitana no reconocía.
«Este cuaderno perteneció a tu bisabuela Lucía. Y antes de ella, a su madre, y a la madre de su madre. En nuestra familia, cada pocas generaciones, nace alguien con el don de escuchar al viento. Tu bisabuela lo tenía. Yo no lo heredé. Pero tú sí.»
Aitana abrió el cuaderno con reverencia. En la primera página, con letra firme, decía: «El viento es el mensajero más antiguo del mundo. Lleva en su aliento las historias de todos los pueblos, los mitos de todas las culturas, la sabiduría de todos los tiempos. Quien aprenda a escucharlo aprenderá los secretos de la humanidad.»
Esa noche, Aitana salió al acantilado con el cuaderno apretado contra el pecho. El viento soplaba fuerte y frío, cargado de sal marina. Cerró los ojos y escuchó. Esta vez, la voz fue más clara que nunca: «Aitana, hija del viento. Es hora de que aprendas las crónicas. El primer viaje comienza al amanecer.»
