Marcos, Luna y Nico no podían creer su suerte. Sus familias habían decidido pasar el verano juntas en una pequeña isla del Caribe llamada Isla Coralina. La isla era un paraíso: playas de arena blanca, palmeras que se balanceaban con la brisa y un agua tan transparente que podías ver los peces nadar desde la orilla.
Pero lo más especial de Isla Coralina era su arrecife de coral. Se extendía alrededor de la isla como un anillo de colores, lleno de vida. Había corales de todas las formas: algunos parecían cerebros gigantes, otros parecían abanicos ondulantes, y algunos parecían cuernos de ciervo hechos de piedra viva.
Doña Carmen, una señora mayor que llevaba toda la vida en la isla, les enseñó a bucear con tubo y gafas. «El arrecife es como un bosque bajo el agua», les explicó mientras les ajustaba las gafas. «Cada coral es como un árbol donde viven cientos de animales. Los peces se esconden entre las ramas, los cangrejos caminan por el suelo y las tortugas vienen a comer algas.»
La primera vez que metieron la cabeza bajo el agua, los tres niños se quedaron sin palabras. Era como entrar en otro mundo. Peces de rayas amarillas y azules nadaban en grupos. Una estrella de mar naranja descansaba sobre una roca. Un pulpo cambió de color al verlos, pasando de marrón a rosa en un segundo.
«¡Esto es increíble!», gritó Marcos al sacar la cabeza del agua, escupiendo un poco de agua salada. Luna no quería salir. Se quedó flotando boca abajo, observando cómo un pez payaso entraba y salía de una anémona, que era como una flor con tentáculos que se movían con la corriente.
Pero Nico notó algo que los otros dos no vieron. En una zona del arrecife, los corales estaban blancos. No tenían el color vibrante del resto. Parecían huesos bajo el agua. Y los peces evitaban esa zona.
«Doña Carmen, ¿por qué esos corales están blancos?», preguntó Nico cuando volvieron a la playa. La señora suspiró con tristeza. «Se están muriendo, hijo. Llevan meses así. Primero fue un trozo pequeño, pero cada semana la mancha blanca crece. Y nadie sabe por qué.»
Esa noche, los tres amigos hicieron un pacto bajo las estrellas. «Vamos a descubrir qué les pasa a los corales», dijo Luna con determinación. «Y vamos a salvarlos.» Marcos y Nico chocaron los puños con ella. Los Guardianes del Arrecife acababan de nacer.
