Alba Rivas tenía once años, una lupa en el bolsillo izquierdo del abrigo y la costumbre de fijarse en todo. En todo. El arañazo nuevo en la puerta del ascensor, la mancha de café en la corbata del director, el tornillo que faltaba en la tercera silla de la biblioteca. Sus compañeros de clase la llamaban «la detective», mitad en broma, mitad con admiración.
Aquel martes por la mañana, Alba llegó al colegio y encontró un revuelo enorme en el patio. Todo el mundo hablaba del robo.
— ¡Han robado el Velázquez del museo! — le dijo su amigo Mateo, que siempre se enteraba de todo porque su madre trabajaba en el ayuntamiento —. Anoche, entre las diez y las seis de la mañana. La policía no tiene ni idea de cómo lo han hecho.
Alba sintió un cosquilleo familiar en la punta de los dedos. El Museo Municipal era pequeño, pero tenía una joya: un retrato atribuido a Velázquez que representaba a una niña con un perro blanco. Era el orgullo del pueblo.
— ¿No tienen cámaras de seguridad? — preguntó.
— Sí, pero estaban grabando y no se ve nada raro. El cuadro está en su sitio en la grabación de las diez y a las seis ya no está. Nadie entra ni sale.
— Eso es imposible — murmuró Alba.
— Pues eso dice la policía — Mateo se encogió de hombros —. Imposible.
Alba odiaba esa palabra. Nada era imposible, solo inexplicado.
Después de clase, convenció a Mateo para ir al museo. La entrada estaba acordonada con cinta policial, pero Alba conocía la puerta de servicio porque había hecho un trabajo escolar allí el año anterior. Entraron por la parte de atrás y se colaron en la sala de exposiciones sin que nadie los viera.
La sala del Velázquez era la más grande del museo. Las paredes estaban pintadas de un rojo oscuro y los cuadros colgaban con marcos dorados. En el centro de la pared principal, donde debía estar el retrato de la niña con el perro, había un rectángulo más claro: la huella de un cuadro que llevaba décadas en el mismo sitio.
Alba se acercó y sacó su lupa.
— Los clavos siguen aquí — observó —. El cuadro no se ha arrancado de la pared. Alguien lo ha descolgado con cuidado.
Mateo miraba nervioso hacia la puerta.
— Alba, si nos pillan aquí…
— Un minuto más — Alba recorrió el suelo con la mirada. Todo parecía limpio, pero entonces vio algo junto al zócalo: un hilo diminuto, casi invisible, de color dorado —. Mira esto.
Recogió el hilo con unas pinzas de su estuche de detective (sí, tenía un estuche de detective) y lo guardó en una bolsita de plástico.
— ¿Qué es? — preguntó Mateo.
— Todavía no lo sé. Pero no pertenece a esta sala. El suelo se limpia cada noche y esto es reciente.
Cuando salían por la puerta de servicio, Alba se detuvo en seco. En la pared del pasillo había un cuadro pequeño que representaba un plano antiguo del museo. Y en ese plano, dibujado con tinta descolorida, se veía algo que en el museo actual no existía: un pasadizo que conectaba la sala del Velázquez con el sótano.
— Mateo — dijo Alba muy despacio —. Creo que sé por dónde sacaron el cuadro.
Mateo tragó saliva.
— ¿Por un pasadizo secreto? Esto cada vez se parece más a una película.
— No — Alba sonrió —. Se parece a un caso. Nuestro caso.
