Noa subía la montaña cada sábado con su perro Canela. No para buscar nada en particular, sino porque le gustaba el silencio de las alturas, roto solo por el viento entre los pinos y el canto lejano de los mirlos.
Tenía nueve años, las rodillas siempre raspadas y una colección de piedras raras que guardaba en una caja de zapatos bajo la cama. Su padre decía que tenía «pies de cabra» porque trepaba por las rocas como si hubiera nacido haciéndolo.
Aquel sábado de noviembre hacía un frío que mordía las orejas. Noa llevaba su gorro de lana verde, la bufanda que le había tejido su abuela y una mochila con bocadillos, agua y una linterna por si acaso.
Canela iba por delante, olisqueando todo. De pronto se detuvo frente a una abertura en la roca que Noa no había visto antes. Quizás la había destapado la última tormenta, o quizás siempre había estado ahí y ella nunca se había fijado.
Era la entrada a una cueva pequeña. Canela ladró una vez, con la cola tiesa.
— ¿Qué has encontrado, bonita? — Noa se agachó y encendió la linterna.
La cueva tenía unos tres metros de profundidad. Las paredes brillaban con minerales incrustados en la piedra: cuarzo, mica y algo más que Noa no reconoció, algo que emitía una luz tenue de color verde azulado.
Y allí, en el centro de la cueva, sobre un lecho de musgo seco, había un huevo.
No era un huevo de gallina ni de avestruz. Era del tamaño de un balón de fútbol, de color gris perla con vetas azules que palpitaban suavemente, como si tuvieran latido propio.
Noa se quedó inmóvil. Había visto huevos de águila en documentales y huevos de tortuga en el zoo. Pero este no se parecía a ninguno.
— Canela, ven aquí — susurró.
La perra se acercó con cautela y olfateó el huevo. Luego se sentó a su lado y puso la cabeza sobre las patas, como si montara guardia.
Noa extendió la mano y tocó la superficie del huevo. Estaba caliente, mucho más caliente de lo que debería estar una piedra en una cueva fría de noviembre. Y cuando lo tocó, las vetas azules brillaron con más fuerza.
— ¿Qué eres? — murmuró.
El huevo respondió con un crujido suave, como una rama que se parte. Una línea finísima apareció en la cáscara.
Noa retiró la mano de golpe. El huevo se estaba rompiendo.
Durante los siguientes minutos, Noa contuvo la respiración. Las grietas se extendieron como un mapa de ríos diminutos. Pedacitos de cáscara cayeron sobre el musgo. Y de dentro asomó algo que Noa solo había visto en los libros de cuentos: un hocico escamoso, dos ojos dorados enormes y un cuerpecito del tamaño de un gato, cubierto de escamas azul oscuro con reflejos plateados.
Tenía dos alas diminutas, pegadas al cuerpo como las de un murciélago recién nacido. Una cola larga y fina con una punta en forma de flecha. Y cuando abrió la boca, soltó un hilito de humo que olía a canela y a tormenta.
Era un dragón.
Noa parpadeó cinco veces. Se pellizcó el brazo. Volvió a mirar.
Seguía siendo un dragón.
— Esto no puede ser verdad — dijo en voz alta.
El dragón la miró con sus ojos dorados, ladeó la cabeza y emitió un sonido agudo, entre un gorjeo y un ronroneo. Luego, con pasos torpes y tambaleantes, caminó hacia Noa y se acurrucó contra su pierna.
Canela se acercó y lo olfateó. El dragón le dio un lametón en la nariz con una lengua diminuta y bífida. La perra meneó la cola.
Noa supo en ese momento que su vida acababa de cambiar para siempre.
