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Cartas desde la Alhambra El paquete de la biblioteca
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Alejandra no quería estar en la biblioteca. Tenía que terminar un trabajo de historia sobre la España medieval, y su profesora, doña Elena, había sido muy clara: «Quiero fuentes reales, no copiar y pegar de internet».

Así que allí estaba, en la biblioteca municipal de Granada, rodeada de libros que olían a papel viejo y a polvo, buscando algo sobre los últimos años del reino nazarí.

Tenía catorce años, el pelo castaño rojizo recogido en una coleta baja y la costumbre de morderse el labio cuando estaba concentrada. Era buena estudiante, aunque la historia le parecía una asignatura llena de fechas y batallas que no tenían nada que ver con su vida.

Sacó un libro grueso de la estantería: «La Alhambra: historia y leyendas», edición de mil novecientos sesenta y dos. Cuando lo abrió, algo cayó al suelo: un paquete envuelto en tela verde, atado con un cordón de seda deshilachado.

Alejandra miró a su alrededor. La biblioteca estaba casi vacía. Recogió el paquete y lo abrió con cuidado.

Dentro había cartas. Siete cartas escritas en papel amarillento, con una caligrafía elegante y apretada. El texto estaba en castellano, pero un castellano antiguo, con palabras que Alejandra no reconocía del todo.

La primera carta comenzaba así:

«En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso. Yo, Fátima bint Ahmad, hija del maestro alfarero del palacio, escribo estas palabras en el año ochocientos noventa de la Hégira, que los cristianos cuentan como mil cuatrocientos ochenta y cinco. Escribo porque tengo miedo de que lo que estamos viviendo se olvide, y porque mi padre dice que las palabras escritas son el único tesoro que ningún ejército puede robar».

A Alejandra se le puso la piel de gallina. Mil cuatrocientos ochenta y cinco. Siete años antes de la caída de Granada. Una niña, Fátima, escribiendo desde la Alhambra.

Siguió leyendo.

«Tengo trece años y vivo en el barrio de los artesanos, dentro de los muros de la Alhambra. Mi padre hace los azulejos más bonitos de todo el palacio. Dice que cada pieza de cerámica cuenta una historia: los patrones geométricos son oraciones silenciosas, y los colores representan los elementos del mundo. El azul es el agua y el cielo. El verde, el paraíso. El dorado, la luz divina».

«Desde la ventana de mi habitación puedo ver la Vega de Granada, con sus campos verdes y el río Genil brillando como una cinta de plata. Mi madre dice que es la vista más hermosa del mundo y que debemos dar gracias por ella cada día. Pero últimamente hay humo en el horizonte. Los ejércitos cristianos han tomado Ronda y Málaga, y cada semana llegan refugiados a la ciudad con historias terribles».

«Mi mejor amiga se llama Nur. Tiene mi misma edad y es hija del médico de la corte. Nur sabe leer en árabe, latín y castellano, lo cual es raro para una chica. Su padre cree que el conocimiento no tiene género, y la enseña igual que enseñaría a un hijo. Yo estoy aprendiendo a escribir con ella. Estas cartas son mi primer intento serio, así que pido disculpas si mis letras no son perfectas».

Alejandra dejó la carta sobre la mesa. Sintió algo extraño: una conexión con esa chica que había vivido hacía más de quinientos años. Fátima tenía más o menos su edad, también vivía en Granada, también aprendía cosas con una amiga.

Cogió la segunda carta. Estaba fechada dos meses después.

«Las noticias son peores cada día. El sultán Boabdil ha vuelto al trono después de estar preso de los cristianos, pero nadie se fía de él. Mi padre dice que es un hombre débil que ha hecho promesas que no debería haber hecho. La gente del barrio habla en voz baja, con miedo. Hay quien dice que deberíamos rendimos y hay quien dice que deberíamos luchar hasta el final».

«Nur y yo hemos subido hoy a la Torre de la Vela. Desde allí arriba se ve todo: la ciudad, la vega, las montañas nevadas de Sierra Nevada, y muy a lo lejos, el polvo que levantan los ejércitos que se acercan. Nur ha dicho algo que no puedo olvidar: 'Fátima, sea lo que sea lo que pase, lo que hemos construido aquí no puede desaparecer del todo. Los azulejos de tu padre seguirán contando historias cuando nosotras ya no estemos'. Me ha hecho llorar, pero creo que tiene razón».

Alejandra cerró los ojos un momento. Pensó en la Alhambra, que había visitado de excursión con el colegio. Los azulejos seguían allí, quinientos años después. Fátima tenía razón.

Guardó las cartas en su mochila con mucho cuidado. No se las iba a quedar, pero necesitaba leerlas todas antes de devolverlas. Eran la mejor fuente que podía encontrar para su trabajo de historia. Y mucho más que eso: eran la voz de alguien que merecía ser escuchada.

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