La ciudad de Ocre no dormía; simplemente jadeaba.
Kael se ajustó la máscara de filtro, sintiendo el roce familiar del cuero desgastado contra sus mejillas. El aire de las Tierras Bajas tenía ese sabor a metal oxidado y olvido que te obligaba a mantener la cabeza agachada. Pero Kael nunca había sido bueno siguiendo instrucciones, y mucho menos las que dictaba la física de una atmósfera moribunda.
—Si te atrapan, no te conozco —susurró una voz a su espalda.
Kael se giró. Mara estaba apoyada contra una tubería de vapor, cruzada de brazos. Sus ojos, dos rendijas de color ámbar tras el cristal empañado de sus gafas, lo observaban con esa mezcla de desprecio y admiración que solo los mejores amigos pueden gestionar.
—Si me atrapan, estarás demasiado ocupada gastándote mis raciones de crédito en el mercado negro como para recordarme —respondió Kael con una sonrisa torcida que ella no pudo ver.
Él se impulsó hacia arriba. Sus manos encontraron el borde frío de la rejilla de ventilación del Sector 4. Aquel no era un lugar para un chico de diecisiete años que debería estar en los talleres de ensamblaje, pero Kael no buscaba piezas de repuesto. Buscaba una señal.
Desde que su padre desapareció tras la Gran Purga de Datos, Kael vivía convencido de que la historia de Ocre era un libro al que alguien le había arrancado las páginas centrales. El Consejo decía que el mundo exterior era un desierto de estática y ceniza, que la ciudad era el último pulmón de la humanidad. Sin embargo, Kael había encontrado algo en el sótano de su casa: un receptor de radio analógico que no debería funcionar, pero que emitía un pulso rítmico cada tres noches.
Tres golpes largos. Dos cortos. El pulso de un fantasma.
Subió al tejado de la estación de filtrado. Desde allí, Ocre parecía una maqueta hecha por un gigante obsesionado con el ópalo y el hollín. Las luces de los Sectores Altos brillaban con una pureza insultante, mientras que las Tierras Bajas, donde ellos malvivían, eran una maraña de cables y sombras.
Kael sacó el dispositivo del bolsillo de su chaqueta. Era un armatoste de latón y cables expuestos. Lo conectó a la antena de la estación. El silencio se prolongó durante unos segundos que parecieron siglos, solo interrumpido por el siseo del viento filtrado.
De repente, el auricular cobró vida.
—¿Estás ahí, Relator?
Kael se quedó helado. No era un pulso. No era ruido blanco. Era una voz. Una voz de chica, joven, que sonaba como si estuviera hablando desde el fondo de un pozo de cristal.
—¿Quién eres? —susurró Kael, apretando el micrófono improvisado contra sus labios.
—El código está en los pulmones, Kael. No mires al cielo, mira al mapa de tus venas.
La estática devoró la voz. Kael golpeó el aparato con frustración, pero la señal se había esfumado. El pánico comenzó a filtrarse en su pecho, no por la extrañeza del mensaje, sino porque ella había dicho su nombre. Nadie fuera de su sector sabía quién era Kaelen Thorne.
—¡Kael! ¡Baja de ahí! ¡Luces en el perímetro! —el grito de Mara llegó desde abajo como un latigazo.
Miró hacia el sur. Las patrullas del Consejo, con sus trajes blancos relucientes que parecían sudarios tecnológicos, avanzaban por el callejón. Sus escáneres térmicos barrían las paredes. Si un rayo de esos tocaba su piel, su ID digital sería marcada y su familia —lo que quedaba de ella— perdería el derecho al oxígeno purificado.
Kael se deslizó por la tubería de bajada con la agilidad de quien ha pasado su infancia huyendo de las sombras. Cayó junto a Mara y, sin decir palabra, la agarró de la muñeca.
Corrieron.
El laberinto de Ocre era su aliado. Saltaron sobre charcos de condensación química y se deslizaron bajo las persianas metálicas de las tiendas de reciclaje. El sonido de las botas pesadas de los guardias resonaba en las paredes de ladrillo, creando un eco que parecía venir de todas partes.
—¿Qué… qué ha pasado? —jadeó Mara cuando se detuvieron en un callejón sin salida, ocultos tras una pila de contenedores de basura industrial.
Kael tenía el corazón martilleando contra sus costillas. Se llevó una mano al pecho, recordando las palabras de la radio. El mapa de tus venas.
—Me ha hablado, Mara. Sabía quién soy.
Mara lo miró como si se hubiera vuelto loco por la falta de filtrado.
—Es el aire, Kael. Estás alucinando. No hay nadie ahí fuera. No hay nadie más que nosotros y los que mandan.
Kael no respondió. Se subió la manga de la chaqueta. A la luz de la luna artificial de Ocre, sus venas se veían de un azul pálido bajo la piel. Pero, al fijarse bien, algo no encajaba. Siempre había pensado que las marcas en su antebrazo eran cicatrices de un accidente en los talleres químicos cuando era niño. Una red de líneas finas, casi imperceptibles, que se ramificaban desde su muñeca hasta el codo.
Sacó una linterna de bolsillo y enfocó la piel.
Mara ahogó un grito.
Las líneas no eran aleatorias. Eran precisas. Bajo la luz intensa, las supuestas cicatrices brillaron con un tono plateado sutil. No eran venas, ni eran marcas de quemaduras. Era una topografía. Un relieve exacto de calles, conductos y túneles.
—No es una alucinación —dijo Kael, con la voz temblorosa pero firme—. Es un mapa.
—¿Un mapa de qué? —preguntó ella, retrocediendo un paso.
Kael miró hacia la gran torre del Consejo que dominaba el centro de la ciudad, el lugar donde se procesaba la historia, el aire y la verdad.
—Un mapa de la salida.
En ese momento, la sirena de queda total resonó en toda la ciudad. Ocre se sumergió en una luz roja de emergencia. El juego de esconderse había terminado. Kael supo, mientras sentía el frío del metal del dispositivo en su mano y el calor del mapa en su brazo, que ya no era un chico de diecisiete años.
Era una pieza en un tablero que ni siquiera sabía que existía.
—Mara —dijo él, mirándola a los ojos—, mi padre no desapareció. Se convirtió en el mapa. Y ahora, me toca a mí leerlo.
El rugido de un motor de transporte pesado se acercó. Las luces de los escáneres empezaron a lamer la entrada del callejón. Kael cerró el puño, ocultando su secreto, y se preparó para lo único que los jóvenes de Ocre sabían hacer mejor que nadie: sobrevivir al mañana.
