Ada Martínez siempre llegaba primera al colegio. No porque viviera cerca, sino porque le gustaba tener unos minutos a solas con los ordenadores del laboratorio de informática antes de que empezaran las clases. Aquella mañana de octubre, mientras el resto de alumnos todavía arrastraba los pies por el patio, Ada ya estaba sentada frente al monitor más antiguo del aula, el que nadie quería usar porque la pantalla parpadeaba de vez en cuando.
Su nombre completo era Adaira, pero desde que su madre le contó la historia de Ada Lovelace, la primera programadora de la historia, ella insistió en que todos la llamaran Ada. Le fascinaba la idea de que alguien pudiera dar instrucciones a una máquina para que hiciera cosas increíbles. Llevaba meses aprendiendo a programar por su cuenta, siguiendo tutoriales en internet y llenando cuadernos con diagramas de flujo que sus compañeros no entendían.
—¿Otra vez aquí metida, friki? —la voz de Marco Reyes sonó desde la puerta. Marco era todo lo contrario a Ada: ruidoso, deportivo, siempre con una consola portátil en el bolsillo. Sin embargo, algo los había unido aquel curso: un proyecto en parejas sobre tecnología que la profesora de ciencias les había asignado—. Oye, ¿has visto que hay una carpeta rara en la red del colegio? La encontré ayer intentando descargar un juego.
Ada frunció el ceño y se acercó a la pantalla de Marco. Efectivamente, en la unidad de red compartida del colegio, entre las carpetas habituales de «Deberes», «Fotos del curso» y «Plantillas», había una carpeta llamada «PROYECTO_ELENA_2019» que nadie había visto antes. Dentro había un único archivo ejecutable con un nombre extraño: «portal.exe». Ada sintió un cosquilleo en los dedos. Su instinto de programadora le decía que no debía ejecutar archivos desconocidos, pero la curiosidad era más fuerte.
—No deberíamos abrirlo sin saber qué es —dijo Ada, mordiéndose el labio—. Podría ser un virus o algo peor.
—¿Y si es un juego secreto? —Marco ya tenía el ratón sobre el archivo—. Venga, no seas cobarde. ¿Qué es lo peor que puede pasar?
Antes de que Ada pudiera detenerlo, Marco hizo doble clic. La pantalla se volvió completamente negra durante tres segundos. Luego, líneas de código verde comenzaron a descender como una cascada digital, formando palabras que ambos pudieron leer con claridad: «BIENVENIDOS AL MUNDO INTERIOR. ELENA OS NECESITA. ¿ACEPTÁIS EL DESAFÍO? [S/N]». Ada miró a Marco. Marco miró a Ada. Los dos sabían que no había forma de que escribieran la letra N.
