Entre dos colinas verdes, junto a un río que cantaba al pasar sobre las piedras, había una granja muy especial. Desde fuera parecía una granja normal: un granero rojo, un huerto con tomates, un estanque con patos y una cerca de madera blanca. Pero si te acercabas lo suficiente y escuchabas con atención, descubrías algo extraordinario: los animales hablaban.
No hablaban como en los dibujos animados, con voces agudas y canciones pegadizas. Hablaban como personas normales, con sus opiniones, sus discusiones y, sobre todo, sus quejas.
La vaca Margarita era la más grande de la granja. Tenía manchas negras sobre fondo blanco y una campana dorada que sonaba cada vez que movía la cabeza. Era muy organizada y le gustaba que todo estuviera en su sitio.
—¡Otra vez han dejado paja en la puerta del establo! —protestaba cada mañana—. ¿Es que nadie sabe recoger? ¡Esto es una vergüenza!
El gallo Jacinto era el más madrugador. Se subía al tejado del granero cada amanecer y cantaba con una voz tan potente que despertaba no solo a la granja, sino también a los vecinos de tres kilómetros a la redonda.
—¡QUIQUIRIQUÍÍÍ! ¡Arriba todo el mundo, que el sol no espera! —gritaba a las cinco de la mañana.
—¡Jacinto, por favor! —le suplicaba la oveja Lola desde su redil, tapándose las orejas con las patas—. ¡Son las cinco! ¡Déjanos dormir un poco más!
Lola era una oveja de lana blanca y esponjosa que soñaba con ser cantante. Tarareaba todo el día melodías que ella misma inventaba, pero cuando intentaba cantar en voz alta, desafinaba tanto que los demás huían despavoridos.
—¡Eso no es cantar, es torturar! —se quejaba Rogelio, el cerdo, cubriéndose la cabeza con barro para no oírla.
Rogelio era un cerdo rosado y barrigón que se consideraba el intelectual de la granja. Leía los periódicos que el granjero dejaba en el suelo del establo y después daba su opinión sobre todo.
—Según el periódico de hoy, mañana lloverá —decía, ajustándose unas gafas imaginarias—. Deberíamos prepararnos.
—¡Bah! —respondía siempre Gaspar, el burro—. Siempre dices que va a llover y luego hace sol. Eres un exagerado.
Gaspar era el más fuerte de todos. Un burro gris con orejas enormes que podía cargar con cualquier cosa. Pero también era el más testarudo. Cuando decidía algo, no había forma de hacerle cambiar de opinión.
El granjero se llamaba don Prudencio. Era un hombre mayor, con sombrero de paja y botas de goma, que cuidaba de los animales con mucho cariño. Lo curioso es que don Prudencio no sabía que sus animales hablaban. Cuando estaba cerca, todos se callaban y hacían sonidos normales: muuu, quiquiriquí, beee, oink y rebuzno.
—Qué animales tan tranquilos tengo —decía don Prudencio, acariciándose la barba—. Deben de ser los más felices del condado.
Si supiera las discusiones que tenían cuando él se iba a dormir.
Una noche, mientras todos cenaban heno y grano en el establo, Rogelio llegó corriendo con un trozo de periódico en la boca.
—¡Malas noticias! —anunció, resoplando—. Viene una tormenta enorme. La más grande en cincuenta años. Vientos de cien kilómetros por hora, lluvia torrencial y posibles inundaciones.
—¿Cuándo? —preguntó Margarita, muy seria.
—En tres días —respondió Rogelio.
Todos se miraron con preocupación. La granja estaba en un valle. Si llovía mucho, el río podía desbordarse y arrastrarlo todo.
—Tenemos que hacer algo —dijo Margarita—. Pero… ¿qué?
El silencio llenó el establo. Ninguno tenía la respuesta. Pero en el fondo, todos sabían que si querían salvar su hogar, tendrían que encontrarla juntos.
