Dani se puso de puntillas para leer el cartel que alguien había pegado en la puerta del polideportivo de Villanueva del Río. El cartel era amarillo y las letras estaban escritas con rotulador grueso: «SE BUSCAN JUGADORES PARA EQUIPO DE FÚTBOL MIXTO. CATEGORÍA ALEVÍN. NO IMPORTA EL NIVEL, SOLO LAS GANAS. INSCRIPCIONES: PROFE MIGUEL». Debajo había un dibujo de un balón de fútbol bastante mal hecho, lo cual, por algún motivo, hizo que Dani confiara aún más en quien lo había colgado.
Dani Herrera tenía nueve años, era el más bajito de su clase y probablemente el más rápido. No porque entrenara velocidad ni nada parecido, sino porque llevaba toda la vida corriendo: corriendo para llegar al colegio cuando se quedaba dormido, corriendo para alcanzar el autobús que le llevaba a casa de su abuela, corriendo por los campos de olivos que rodeaban el pueblo solo porque le gustaba sentir el viento en la cara. Soñaba con ser futbolista, pero en Villanueva del Río no había equipo de fútbol infantil desde hacía años. Hasta ahora.
Al día siguiente, a las cinco de la tarde, Dani fue el primero en llegar al campo de tierra que había detrás del polideportivo. Era un campo de dimensiones reducidas, con porterías algo oxidadas y líneas pintadas que se habían borrado con la lluvia. Pero para Dani era perfecto. Se sentó en el banco de madera a esperar y, poco a poco, empezaron a llegar los demás.
La segunda en aparecer fue Nadia. Era una niña alta, con el pelo recogido en una trenza apretada y unos guantes de portero que se notaba que eran nuevos. Nadia no caminaba: marchaba, como si cada paso fuera una declaración de intenciones. Se plantó delante de la portería, se puso los guantes y le dijo a Dani sin presentarse: «Tírame un penalti». Dani, algo desconcertado, colocó el balón y chutó con toda su fuerza. Nadia se lanzó a la izquierda y detuvo el disparo con una mano. Luego se levantó, se sacudió el polvo y dijo: «Soy Nadia. Soy la portera».
Fueron llegando más niños y niñas del pueblo: Tomás, que era alto pero torpe con el balón; Lucía, que tenía asma y necesitaba descansar cada cierto tiempo; Rafa, que usaba una prótesis en la pierna derecha y jugaba con una determinación que dejaba a todos boquiabiertos; y Sara, que no había tocado un balón de fútbol en su vida pero se moría de ganas de aprender. En total se juntaron once, justo los necesarios para formar un equipo.
El último en llegar fue Carlos, un niño de pelo rizado que arrastraba una bolsa de deporte más grande que él. En cuanto pisó el campo, alguien susurró: «Ese es el hijo del entrenador». Carlos bajó la mirada y se sentó al final del banco, como si quisiera hacerse invisible.
Entonces apareció el Profe Miguel. Caminaba con una ligera cojera, apoyándose en la pierna izquierda más que en la derecha. Tenía el pelo canoso, los ojos pequeños y brillantes, y una sonrisa que transmitía calma. Se colocó delante del grupo y los miró uno a uno, tomándose su tiempo.
—Bienvenidos —dijo con voz tranquila—. Me llamo Miguel Delgado. Hace veinte años jugué en segunda división hasta que una lesión de rodilla me retiró. Llevo quince años enseñando educación física y hoy es la primera vez que entreno un equipo de fútbol desde entonces. Así que, en cierto modo, soy tan novato como vosotros.
Dani notó que el Profe Miguel miraba a cada jugador con la misma atención, sin importar su aspecto o su habilidad aparente.
—No voy a mentiros —continuó el Profe—. Somos un equipo pequeño de un pueblo pequeño. No tenemos campo de césped ni equipaciones caras ni un banquillo de suplentes. Pero tenemos algo que muchos equipos grandes han perdido: la oportunidad de construir algo desde cero, juntos. Si estáis aquí, es porque queréis jugar al fútbol. Y eso es lo único que necesito de vosotros.
