Lucía siempre había sido la niña más curiosa del colegio Girasol. Mientras los demás jugaban al pilla-pilla en el recreo, ella prefería desarmar los bolígrafos para ver cómo funcionaban por dentro, o meter la nariz en cada rincón del edificio buscando algo interesante. Su mochila estaba llena de destornilladores pequeñitos, trozos de cable y una libreta donde dibujaba planos de máquinas que se le ocurrían por las noches.
Pablo, su mejor amigo, era todo lo contrario. Le gustaba pensar mucho antes de hacer cualquier cosa. Cuando Lucía decía «¡vamos a explorar!», Pablo siempre respondía «pero primero, ¿hemos pensado en los riesgos?». Llevaba gafas redondas que se le resbalaban por la nariz cuando se ponía nervioso, y tenía la costumbre de subírselas con el dedo mientras enumeraba todas las cosas que podían salir mal.
Aquel martes de noviembre, Lucía notó algo extraño. Junto a la puerta del almacén del conserje, donde guardaban las fregonas y los cubos, había otra puerta más pequeña que nunca había visto. Estaba medio escondida detrás de una estantería llena de botes de pintura. La puerta era de metal, tenía un color verde descolorido y una cerradura con forma de estrella.
—Pablo, mira esto —susurró Lucía tirándole de la manga—. Esta puerta no estaba aquí ayer.
—Claro que estaba —dijo Pablo subiéndose las gafas—. Las puertas no aparecen de la nada. Simplemente no te habías fijado.
—Yo me fijo en todo —respondió Lucía con los ojos brillantes—. Y te digo que esta puerta es nueva. O vieja. Pero nueva para nosotros.
Lucía sacó de su mochila un clip doblado con forma de gancho y lo metió en la cerradura de estrella. Pablo protestó, diciendo que aquello no estaba bien, que debían avisar a un profesor, que seguramente era solo un cuarto de la calefacción. Pero antes de que terminara su lista de objeciones, la cerradura hizo «clic» y la puerta se abrió con un chirrido largo y profundo.
Unas escaleras de piedra bajaban hacia la oscuridad. Olía a metal caliente, a aceite de motor y a algo dulce, como algodón de azúcar quemado. Lucía encendió la linterna de su llavero y empezó a bajar. Pablo tragó saliva, se subió las gafas y la siguió, porque aunque era prudente, también era muy buen amigo.
Al final de las escaleras encontraron una sala enorme, mucho más grande de lo que cabría debajo de un colegio. Había mesas llenas de piezas metálicas, frascos con líquidos de colores, pantallas apagadas y herramientas que Lucía jamás había visto. Y en medio de todo aquel desorden, sobre una mesa cubierta de polvo, había algo que se movía.
Era pequeño, del tamaño de una caja de zapatos. Tenía un cuerpo hecho con una lata de conservas, brazos hechos con cucharas y dos ojos que eran botones de camisa. Parpadeó —o al menos eso pareció— y emitió un pitido suave.
—Bi-bi-bienvenidos al La-la-laboratorio de Inventos Im-im-imposibles —dijo con una voz metálica y temblorosa—. Soy Chip. Llevo esperando mucho ti-ti-tiempo.
Lucía se agachó para mirarlo de cerca, con la sonrisa más grande del mundo. Pablo, detrás de ella, se subió las gafas tres veces seguidas.
