El pueblo de Valdehoja se encontraba al pie de una inmensa cordillera cubierta de árboles centenarios, arroyos cristalinos y praderas llenas de flores silvestres. Durante generaciones, los habitantes del pueblo habían vivido en armonía con el bosque, tomando solo lo que necesitaban y devolviendo siempre algo a cambio. Los abuelos contaban que, hace mucho tiempo, los primeros pobladores firmaron un pacto con los espíritus del bosque: cuidarían de la tierra, y la tierra cuidaría de ellos. Pero con el paso de los años, las historias se fueron olvidando, las fábricas aparecieron en el horizonte y los camiones empezaron a llevarse la madera sin plantar nuevos árboles. El río que antes cantaba entre las piedras ahora arrastraba un agua turbia y silenciosa. Los pájaros, que solían despertar al pueblo con sus melodías al amanecer, habían empezado a marcharse hacia otros lugares. Nadie parecía darse cuenta de que algo terrible estaba ocurriendo, excepto tres niños que pasaban cada tarde jugando entre los senderos del bosque.
Luna tenía once años, el pelo negro como ala de cuervo y unos ojos verdes que parecían reflejar el color de las hojas en primavera. Era la mayor del grupo y la más observadora: podía distinguir el canto de treinta especies de aves distintas y sabía reconocer las huellas de cualquier animal del bosque. Aquella tarde de octubre, Luna caminaba por el sendero del robledal cuando se detuvo en seco y frunció el ceño. Los robles, que en esa época deberían estar cubiertos de hojas doradas y rojizas, mostraban ramas desnudas y grises, como si el invierno se hubiera adelantado varios meses. La corteza de los troncos más antiguos presentaba grietas profundas y oscuras que nunca había visto antes. Luna se arrodilló junto a las raíces de un roble enorme y apoyó la mano en la tierra: estaba seca, polvorienta, sin rastro de la humedad que siempre había caracterizado aquel rincón del bosque. Un escalofrío le recorrió la espalda, porque entendió que aquello no era normal, que algo muy grave estaba pasando bajo la superficie.
Marco, de diez años, era el mejor amigo de Luna y su opuesto en casi todo: rubio, pecoso, siempre sonriente y con una energía inagotable que lo llevaba a trepar a los árboles más altos y a saltar sobre las rocas del río como si fuera una cabra montesa. Marco llegó corriendo por el sendero con una rama seca en la mano y la preocupación dibujada en la cara, algo muy raro en él. Le explicó a Luna que había encontrado el manantial del Sauce completamente seco por primera vez en su vida, y que las ardillas que siempre lo recibían lanzándole bellotas desde las copas de los pinos habían desaparecido. También le contó que su abuela, doña Esperanza, llevaba días murmurando cosas extrañas sobre el pacto roto y los guardianes dormidos, pero que sus padres le habían dicho que no le hiciera caso, que eran cosas de viejos. Luna lo escuchó con atención y le propuso buscar a Sofía para contarle todo lo que habían descubierto, porque tres cabezas pensaban mejor que dos.
Sofía tenía nueve años y era la más pequeña del grupo, pero también la más valiente y la más curiosa. Llevaba siempre un cuaderno de tapas verdes donde dibujaba plantas, insectos y todo lo que le llamaba la atención en el bosque. La encontraron sentada junto al viejo castaño de la plaza, con el cuaderno abierto y una expresión de tristeza que Luna y Marco nunca le habían visto. Sofía les mostró sus últimos dibujos: había documentado cómo las hojas del castaño se habían vuelto marrones y quebradizas semanas antes de lo normal, cómo las mariposas monarca no habían aparecido en su ruta migratoria habitual y cómo el musgo de las piedras del arroyo se había secado por completo. Los tres niños se miraron en silencio, compartiendo la misma certeza sin necesidad de palabras: el bosque estaba enfermo, y nadie más parecía preocuparse. Fue entonces cuando decidieron ir a visitar a doña Esperanza, la abuela de Marco, la única persona del pueblo que todavía recordaba las viejas historias sobre el pacto con la naturaleza.
Doña Esperanza los recibió en su casa de piedra con un chocolate caliente y una sonrisa triste. Se sentó en su mecedora junto a la chimenea y les contó la historia completa del pacto. Hace trescientos años, cuando los primeros habitantes llegaron al valle, el bosque estaba protegido por cinco guardianes: animales mágicos que mantenían el equilibrio entre los humanos y la naturaleza. El Lobo guardaba la sabiduría de la manada y enseñaba que todos los seres vivos están conectados. El Águila vigilaba desde las alturas y recordaba que hay que ver los problemas desde una perspectiva amplia. El Oso protegía los ciclos de la tierra, las estaciones y el descanso necesario para la renovación. El Ciervo representaba la generosidad del bosque que alimenta a todos sin pedir nada a cambio. Y el Zorro encarnaba la astucia necesaria para encontrar soluciones ingeniosas a los problemas. Los humanos prometieron respetar el bosque, y mientras lo hicieran, los guardianes permanecerían despiertos y activos, manteniendo el equilibrio mágico que hacía que todo prosperara. Pero cuando los humanos olvidaron su promesa, los guardianes cayeron en un sueño profundo, y sin su magia, el bosque empezó a morir lentamente. Doña Esperanza sacó de un cajón antiguo un mapa dibujado en un pergamino amarillento que mostraba cinco lugares marcados con símbolos de animales dentro del bosque. Les explicó que solo unos corazones puros, que de verdad amaran la naturaleza, podrían despertar a los guardianes. Los tres niños se miraron con determinación: sabían lo que tenían que hacer.
