Robinson Crusoe tenía doce años cuando decidió que el mundo era demasiado grande para quedarse en casa mirándolo desde la ventana. Vivía en la ciudad de York, en Inglaterra, en una casa cómoda junto a sus padres y sus dos hermanos mayores. Su padre era un comerciante respetado que vendía telas finas, y su madre cocinaba los mejores pasteles de manzana de todo el condado.
Pero Robinson no quería ser comerciante. Cada vez que veía un barco en el puerto, sentía que el corazón le tiraba del pecho como si quisiera saltar al agua y nadar hasta el horizonte.
—Quiero ser marinero, padre —dijo una tarde de otoño, mientras la familia cenaba alrededor de la mesa—. Quiero navegar por todos los mares y conocer tierras lejanas.
Su padre dejó el tenedor sobre el plato y lo miró con seriedad.
—Robinson, el mar es peligroso. Tus hermanos tienen buenos oficios aquí, en tierra firme. Uno será abogado, el otro médico. ¿Por qué no eliges una vida tranquila y segura?
—Porque la vida tranquila no es para mí —respondió Robinson con los ojos brillantes—. Siento que hay algo esperándome más allá del océano.
Su madre le tomó la mano con suavidad.
—Hijo, tu padre solo quiere protegerte. El mar se ha llevado a muchos hombres buenos. Prométeme que lo pensarás antes de tomar una decisión.
Robinson prometió pensarlo, pero en realidad ya lo tenía decidido. Cada noche leía libros de exploradores y piratas a la luz de una vela. Dibujaba mapas imaginarios en su cuaderno y se aprendía de memoria los nombres de los océanos. El Atlántico, el Pacífico, el Índico… Cada nombre sonaba como una promesa de aventura.
Un día de septiembre, Robinson cumplió dieciocho años. Esa mañana, sin decírselo a nadie, bajó al puerto con una pequeña bolsa de ropa y unas monedas que había ahorrado durante años.
El puerto estaba lleno de vida. Marineros con la piel curtida por el sol cargaban barriles y cajas en los barcos. Las gaviotas gritaban sobre los mástiles. El olor a sal y a madera mojada llenaba el aire.
Robinson se acercó a un barco mercante llamado El Valiente. Su capitán, un hombre alto con barba gris y ojos azules como el mar, estaba supervisando la carga.
—Disculpe, señor —dijo Robinson con la voz firme aunque las rodillas le temblaban—. ¿Necesita un marinero más? Soy fuerte y aprendo rápido.
El capitán lo miró de arriba abajo.
—¿Has navegado antes, muchacho?
—No, señor. Pero tengo muchas ganas de aprender.
El capitán sonrió bajo su barba.
—Las ganas son lo más importante. Sube a bordo. Zarparemos con la marea de la tarde.
Robinson subió al barco con el corazón desbocado. Mientras El Valiente se alejaba del puerto, miró hacia la ciudad de York por última vez. Vio los tejados de las casas, la torre de la iglesia y, a lo lejos, la ventana de su habitación.
Sintió un nudo en la garganta. Pensó en su madre, en sus pasteles de manzana, en las manos fuertes de su padre. Pero también pensó en el horizonte, en las tierras desconocidas, en las aventuras que lo esperaban.
—Volveré —susurró al viento—. Os lo prometo.
El viento hinchó las velas y el barco se deslizó sobre las olas como un pájaro sobre el cielo. Robinson Crusoe había comenzado su viaje. No sabía que ese viaje cambiaría su vida para siempre.
