El despertador sonó a las siete y media de la mañana, pero Marco ya llevaba despierto un buen rato. Había pasado la noche dando vueltas en la cama, con el estómago encogido como un puño cerrado. Hoy era el primer día en el Colegio Nuevo Horizonte, y todo lo que conocía —sus amigos, su antigua profesora, el patio donde jugaba al fútbol— había quedado atrás, en otro barrio y en otra vida. Se vistió despacio, como si ponerse los calcetines le costara el doble de lo habitual. Su madre asomó la cabeza por la puerta y le dedicó una sonrisa enorme, de esas que intentan decir «todo va a salir bien» sin necesidad de palabras. Marco intentó devolverle la sonrisa, pero le salió una mueca rara, como la de alguien que prueba un limón por primera vez. Antes de salir de su habitación, se miró en el espejo y vio a un niño con los ojos muy abiertos y las manos un poco temblorosas. «Venga, Marco, que no es para tanto», se dijo, aunque por dentro sentía que sí era para tanto, y quizá incluso para más.
El camino al colegio fue más corto de lo que esperaba. Su padre caminaba a su lado, señalando las tiendas del barrio nuevo: la panadería donde hacían cruasanes enormes, la tienda de cómics con un superhéroe de cartón en la puerta, el parque con un tobogán en forma de dragón. Marco asentía, pero apenas se fijaba en nada, porque su cabeza estaba ocupada imaginando todos los desastres posibles: que nadie quisiera sentarse con él, que se perdiera por los pasillos, que el profesor le hiciera una pregunta y él se quedara en blanco delante de treinta desconocidos. Cada pensamiento era como meter una piedra más dentro de una mochila invisible que le pesaba sobre los hombros. Para cuando llegaron a la puerta del colegio, esa mochila imaginaria se sentía tan pesada que Marco tuvo que hacer un esfuerzo para no quedarse clavado en la acera. Su padre se agachó, le puso las manos en los hombros y le dijo: «Los valientes también tienen miedo, campeón. La diferencia es que entran por la puerta de todas formas.» Marco respiró hondo, asintió con la cabeza y cruzó la verja del colegio con pasos pequeños pero decididos.
La clase de 4.ºB olía a pintura fresca y a libros nuevos. Marco encontró un pupitre vacío en la tercera fila y se sentó sin mirar a nadie, concentrado en abrir su estuche como si fuera la tarea más importante del mundo. A su lado, una niña de pelo rizado y gafas moradas organizaba sus rotuladores por colores con una seriedad casi científica. Se llamaba Lucía, y fue la primera persona en hablarle: «¿Te gustan los rotuladores de punta fina o de punta gorda? Porque los de punta fina son mejores para dibujar mapas, pero los de punta gorda molan más para los títulos.» Marco parpadeó, sorprendido por una pregunta tan concreta en medio de su tormenta interior. Sin pensarlo, contestó: «Los de punta fina, creo», y Lucía asintió con aprobación, como si acabara de pasar un examen muy importante. En ese momento, el profesor, don Álvaro, entró en el aula dando palmas suaves para pedir atención. Era alto, llevaba una barba pelirroja muy recortada y tenía la costumbre de empezar cada frase con «A ver, ¿sabéis qué?», lo que hacía que todo sonara como el principio de una aventura. «A ver, ¿sabéis qué? Este año vamos a aprender cosas que no vienen en los libros», dijo, y Marco notó que, por primera vez en toda la mañana, la curiosidad le ganaba terreno al miedo.
A media mañana, don Álvaro anunció que iban a hacer un juego de presentación. Cada alumno tenía que decir su nombre, algo que le gustara y algo que le diera un poco de miedo. Cuando le tocó el turno a Marco, el corazón le latía tan fuerte que estaba seguro de que los demás podían oírlo. «Me llamo Marco, me gusta dibujar cómics y… me da miedo no encajar aquí», dijo con la voz un poco ronca. Esperaba risas, o al menos miradas raras, pero lo que ocurrió fue distinto: varios niños asintieron con la cabeza, y un chico del fondo llamado Samuel dijo en voz alta: «A mí también me pasó cuando llegué el año pasado, y mira, ahora no me quiero ir ni en vacaciones.» La clase se rio, pero era una risa cálida, de esas que te hacen sentir dentro del grupo en lugar de fuera. Cuando se sentó, Marco notó que la mochila invisible pesaba un poquito menos, como si alguien le hubiera quitado una de las piedras sin que se diera cuenta. Al salir al recreo, Lucía le preguntó si quería ver su colección de piedras raras —«las de verdad, no las metafóricas»—, y Marco, sin saber muy bien qué eran las piedras metafóricas, dijo que sí. Mientras caminaban hacia un banco del patio, pensó que quizá su padre tenía razón: los valientes también tienen miedo, pero entran por la puerta de todas formas. Y él había entrado.
Esa tarde, ya en casa, Marco sacó su cuaderno de dibujo y pintó una mochila enorme de la que salían pequeños monstruos de ojos grandes y temblorosos. Debajo escribió: «Mis miedos del primer día.» Su madre se acercó, miró el dibujo y le acarició el pelo. «¿Y qué tal ha ido con esos monstruos?», preguntó. Marco se quedó pensando un momento y después sonrió de verdad, sin muecas de limón. «Pues que al final no mordían», contestó. Su madre se rio y le dio un beso en la frente. Antes de dormirse, Marco pensó en algo que don Álvaro había dicho al final de la clase: «El miedo es como un perro guardián: te avisa de que algo importa, pero no tiene por qué decidir lo que haces.» Esa noche durmió mejor, con la mochila invisible apoyada en una silla imaginaria junto a la cama, un poco más ligera que por la mañana.
