En lo alto de unas montañas muy, muy grandes, había un lugar mágico llamado el Valle de las Nubes. Las montañas tenían las puntas blancas por la nieve y entre ellas flotaban nubes gorditas de color rosa y naranja. Un río de agua cristalina bajaba cantando entre las rocas, con pececitos plateados que saltaban de alegría. En ese valle tan bonito vivían muchos dragones de todos los colores: rojos, azules, verdes y morados. Las casas de los dragones estaban hechas de piedras brillantes que cambiaban de color con la luz del sol. Por las mañanas, cuando salía el sol, todo el valle se llenaba de una luz dorada preciosa, y los pájaros cantaban canciones alegres entre los árboles altísimos de hojas verdes y moradas.
Entre todos esos dragones vivía uno muy especial llamado Chispa. Chispa era pequeñito, del tamaño de un perro grande, y tenía las escamas de color dorado, como si alguien le hubiera pintado con purpurina. Sus ojos eran grandes y redondos, de un color naranja muy bonito, como dos mandarinas brillantes. Tenía unas alitas pequeñas en la espalda que movía sin parar, como un colibrí nervioso. Chispa siempre llevaba una sonrisa en su cara redonda y una manchita verde muy graciosa en la punta de la nariz. Cuando se reía, que era muy a menudo, sus escamas doradas brillaban todavía más fuerte, como si tuviera estrellitas pegadas por todo el cuerpo. A Chispa le encantaba correr por los prados del valle, oler las flores gigantes que crecían junto al río y hacer carreras con las mariposas de colores.
Chispa vivía con su mamá, una dragona grande y elegante llamada Brisa. Brisa tenía las escamas de color plateado y unos ojos azules muy dulces que siempre miraban a Chispa con mucho cariño. Su cola larga y suave terminaba en una forma de estrella que brillaba por las noches. Cada mañana, Brisa preparaba el desayuno para Chispa: tostadas crujientes con mermelada de frambuesa calentadas con un soplido de fuego suavecito. También le hacía zumo de naranjas mágicas que cambiaban de sabor con cada trago: primero sabían a fresa, luego a melocotón y al final a chocolate. Después, le daba un beso enorme en la frente y le decía con voz suave: «Tú eres mi tesoro más brillante de todo el valle». Chispa se sentía muy feliz cuando escuchaba esas palabras y le daba un abrazo tan fuerte que Brisa se reía con su risa musical.
La mejor amiga de Chispa se llamaba Luna. Luna era una dragona de escamas azul oscuro con puntitos blancos, como si tuviera un cielo de noche pintado en el cuerpo. Era un poquito más alta que Chispa y tenía unas alas grandes y fuertes que brillaban cuando les daba la luz, haciendo destellos como diamantes. Luna tenía una voz alegre y una risa contagiosa que hacía que todos los que estaban cerca también se rieran. A los dos les encantaba jugar juntos entre las flores del valle, que eran enormes y de muchos colores: rojas como el fuego, amarillas como el sol, y azules como el cielo. Jugaban al escondite detrás de las setas gigantes, hacían castillos de barro junto al río y contaban las estrellas por la noche tumbados en la hierba blandita. Luna siempre decía que Chispa era el dragón más divertido de todo el valle, y los dos se reían muchísimo juntos hasta que les dolía la barriga.
