El mundo se había vuelto del color de una chimenea apagada. No era solo que fuera de noche, o que estuviera nublado. Era como si alguien hubiera tomado un trozo de carbón gigante y hubiera dibujado todo lo que existía: las montañas eran picos negros y rasgados contra un cielo gris tormenta; los árboles del bosque cercano parecían esqueletos de dedos huesudos que arañaban el aire; incluso el Castillo Sombrío, el hogar de Elara, parecía hecho de hollín compactado en lugar de piedra sólida.
Elara estaba de pie en el pico de roca más alto, justo fuera de las murallas del castillo. El viento aullaba, tirando de su túnica oscura y azotando su cabello plateado alrededor de su cara. Tenía diez años, aunque sus ojos, del color de la plata pulida, a veces parecían mucho más viejos. Ella era la última Guardiana de la Luz, un título que sonaba muy importante pero que, últimamente, se sentía más como una carga muy pesada.
Su abuela le había contado historias de cuando el mundo tenía colores. Decía que el cielo solía ser de un azul brillante, como una piedra preciosa llamada zafiro, y que la hierba era verde, no este gris ceniza que crujía bajo las botas. Pero eso fue antes de que despertaran las Gárgolas de la Bruma.
Elara apretó con fuerza su báculo. Era más alto que ella, hecho de una madera antigua y retorcida que parecía metal oscuro. En la punta, engarzada en una garra de hierro, había una piedra que pulsaba con una luz blanca y fría. Era la única luz real en kilómetros a la redonda. Esa luz era lo único que mantenía a raya a las criaturas.
Un chillido rasgó el aire, más fuerte que el viento. Elara levantó la vista. Allí estaban. Las Gárgolas. No eran de piedra, como las estatuas aburridas que adornaban los tejados antiguos. Estas estaban vivas, hechas de músculo gris y piel correosa, con alas que parecían paraguas rotos y ojos que brillaban con un rojo malévolo en la oscuridad.
Eran tres al principio, volando en círculos sobre las torres más altas del Castillo Sombrío. Luego fueron cinco. Luego diez. Parecían murciélagos gigantes salidos de una pesadilla. Se lanzaban en picado hacia las ventanas, arañando la piedra con garras que sonaban como tiza en una pizarra, buscando una entrada. Dentro del castillo, la gente pequeña —los panaderos, los herreros, los niños que jugaban con muñecos de trapo gris— se acurrucaban, confiando en que las viejas protecciones de Elara aguantaran una noche más.
Pero Elara sabía la verdad. Las protecciones se estaban debilitando. La magia que su familia había usado durante generaciones se estaba desvaneciendo, como una vela que se queda sin cera. Cada noche, las Gárgolas se acercaban un poco más. Cada noche, sus rasguños eran más profundos.
—No puedo hacerlo sola —susurró Elara al viento. Su voz temblaba, no por el frío, sino por el miedo. Un miedo frío y pegajoso que se le instalaba en el estómago.
Sabía lo que tenía que hacer. Era algo que estaba absolutamente prohibido en el «Gran Libro de lo Que No Debes Hacer Nunca», que su abuela guardaba bajo siete llaves. Era una magia peligrosa, antigua y, francamente, aterradora.
Tenía que despertar al Dragón de Ceniza.
Cuenta la leyenda que, hace siglos, un dragón inmenso aterrorizó estas tierras hasta que un poderoso mago, el tatarabuelo de Elara, logró sellarlo en un sueño profundo bajo las montañas. El dragón no era malvado, exactamente, pero era como una fuerza de la naturaleza: como un volcán o un huracán. No le importaba si pisaba un castillo o quemaba un bosque. Simplemente era.
Despertarlo podría significar salvar el castillo de las Gárgolas. O podría significar que el dragón terminara el trabajo que las Gárgolas habían empezado y destruyera todo.
Elara miró hacia abajo, hacia el castillo. Vio una pequeña luz parpadear en una ventana: la vela de la habitación de su hermano pequeño, Tom. Tom, que todavía creía que el cielo volvería a ser azul algún día.
Elara cerró los ojos, respiró hondo el aire cargado de olor a tormenta y polvo, y tomó su decisión. No dejaría que la oscuridad ganara sin pelear.
Levantó el báculo con ambas manos. La piedra blanca en la punta empezó a zumbar. No era un sonido fuerte, sino una vibración profunda que le recorrió los brazos hasta los dientes. Comenzó a recitar las palabras que había memorizado en secreto, palabras en un idioma que sonaba como piedras chocando entre sí bajo el agua.
—Ignis somnum, draco lúmen, excita de tenebris!
El viento se detuvo de golpe. El silencio que siguió fue peor que el aullido. Las Gárgolas dejaron de volar y se quedaron suspendidas en el aire, batiendo sus alas nerviosamente, mirando hacia la montaña con sus ojos rojos. Ellas también sentían que algo estaba cambiando.
Elara clavó la base del báculo en la roca del pico donde estaba parada. Un estallido de luz blanca salió de la piedra. La luz no se disparó hacia el cielo, sino que formó un círculo perfecto alrededor de Elara, un anillo flotante de runas brillantes y complejas que giraban lentamente. Era el Círculo de Mando, la única cosa capaz de contener lo que estaba a punto de llegar.
La montaña bajo sus pies tembló. No fue un temblor pequeño; fue como si el mundo entero tuviera hipo. Rocas se desprendieron de los acantilados cercanos y cayeron al vacío. Una grieta profunda se abrió en la ladera de la montaña frente a ella, y de la grieta empezó a salir humo. Humo espeso, negro y caliente.
Y entonces, surgió.
Primero fue una garra, del tamaño de un carruaje de caballos, con uñas tan afiladas como espadas. Se clavó en el borde del precipicio. Luego, una cabeza emergió del humo. Era inmensa, cubierta de escamas que no eran de un solo color, sino de todos los tonos de gris, negro y carbón imaginables, como si estuviera hecha de armadura quemada. Sus ojos se abrieron. No eran rojos como los de las Gárgolas. Eran de un naranja intenso, como fuego líquido, y brillaban con una inteligencia antigua y furiosa.
El Dragón de Ceniza había despertado. Y miraba directamente a la pequeña niña que se atrevía a pararse frente a él dentro de un círculo de luz.
