En el lugar más frío del mundo, donde la nieve brilla como diamantes y el hielo es azul como el cielo, vivía un pequeño pingüino llamado Pipo. Pipo tenía las plumas más suaves de toda la colonia, con su barriguita blanca como la leche y su espalda negra como la noche. Sus ojos eran redondos y brillantes, siempre llenos de curiosidad. Cada mañana se despertaba y miraba el horizonte, preguntándose qué habría más allá del gran mar azul.
Pipo vivía en un enorme iceberg junto a su familia. Su mamá Luna tenía una mancha con forma de corazón en el pecho y siempre olía a pescado fresco. Su papá Polo era el pingüino más alto de la colonia y caminaba balanceándose de un lado a otro de forma muy graciosa. Su hermanita pequeña Pipi todavía no sabía nadar, pero le encantaba deslizarse por el hielo sobre su barriguita, riéndose sin parar.
Todos los pingüinos de la colonia hacían lo mismo cada día: pescar, nadar, deslizarse por el hielo y dormir juntitos para darse calor. Pero Pipo era diferente. Mientras los demás jugaban, él se sentaba en la punta del iceberg y miraba las nubes. Imaginaba que las nubes tenían forma de árboles, flores y animales que nunca había visto. Su amigo Roco, un pingüino gordito y muy simpático, siempre le decía que estaba loco por querer irse.
Una mañana, mientras Pipo miraba el mar, una enorme sombra apareció bajo el agua. El agua se movió con fuerza y de pronto salió un enorme chorro hacia arriba. Era Bali, una ballena jorobada gigante, con la piel gris brillante llena de manchitas blancas. Bali tenía una sonrisa enorme y una voz suave como el viento. Le dijo a Pipo que ella viajaba por todos los océanos del mundo y que podía llevarlo a conocer lugares increíbles. A Pipo le latió el corazón muy fuerte de la emoción.
