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20.000 leguas de viaje submarino

El monstruo del océano



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En el año 1866 ocurrió algo extraño en los mares de todo el mundo. Los barcos que cruzaban los océanos empezaron a contar historias parecidas: por la noche, en mitad del agua, aparecía una cosa enorme que brillaba como una estrella. Algunos marineros decían que era una ballena gigante de color metálico. Otros aseguraban que era una serpiente de mar tan larga como un tren. Y otros, los más asustados, juraban que era un monstruo prehistórico salido del fondo del océano.

Lo único cierto era que aquella criatura existía, fuera lo que fuese. Varios barcos habían chocado con ella. Algunos habían sufrido daños tan graves en el casco que tuvieron que ser remolcados a puerto. Las compañías navieras estaban preocupadas. Los pasajeros tenían miedo de embarcarse. Los periódicos del mundo entero hablaban del «monstruo del océano» todos los días.

En aquel tiempo vivía en París un sabio francés llamado Pierre Aronnax. Era profesor del Museo de Historia Natural y experto en animales marinos. Acababa de regresar de un largo viaje por los Estados Unidos y se preparaba para volver a casa cuando recibió una invitación que le cambió la vida.

El gobierno de los Estados Unidos había decidido organizar una gran expedición para perseguir al famoso monstruo. Para ello había preparado un barco de guerra rapidísimo llamado Abraham Lincoln. Como el profesor Aronnax era el experto en criaturas marinas más respetado del mundo, querían que los acompañara para ayudarles a identificar al animal cuando lo encontraran.

El profesor aceptó sin dudarlo. Era una oportunidad única. Llamó a su fiel sirviente Consejo, un joven flamenco que llevaba diez años con él y que jamás se separaba de su amo. Consejo era serio, ordenado, educado y tenía la rara costumbre de hablar siempre en tercera persona.

—Consejo, salimos para América mañana.

—Como el señor desee. Consejo está siempre listo.

Y así, con sus baúles, sus libros y sus instrumentos, los dos llegaron al puerto de Nueva York. El Abraham Lincoln era un barco moderno, rápido como pocos, comandado por el comandante Farragut, un hombre sereno y decidido. La tripulación estaba entusiasmada. Cazar al monstruo del océano era un sueño para todos.

A bordo, el profesor Aronnax conoció a otro pasajero famoso: Ned Land, el arponero más célebre del mundo. Era un canadiense alto, fornido, de ojos vivos y manos rapidísimas. Llevaba años cazando ballenas y nadie lanzaba el arpón con tanta puntería como él. Al principio, Ned Land se mostraba escéptico sobre la existencia del monstruo.

—Profesor —le decía mientras fumaba en pipa en la cubierta—, yo he matado muchas ballenas. He visto muchas cosas raras en el mar. Pero no creo en monstruos. Esa cosa, sea lo que sea, será un animal grande. Nada más.

El profesor sonreía. Le caía bien aquel canadiense franco.

—Quizá tengas razón, Ned. Pero también puede ser algo nuevo. La ciencia siempre encuentra cosas nuevas.

El Abraham Lincoln zarpó de Nueva York. Bajaron por la costa este de América, cruzaron el cabo de Hornos en el extremo sur del continente, entraron en el Pacífico y se dedicaron durante semanas a recorrer las rutas donde el monstruo había sido visto. Pero el animal no aparecía. Pasó un mes. Luego dos. Luego tres. Los marineros empezaban a aburrirse. Algunos decían entre dientes que aquel viaje era una pérdida de tiempo.

El comandante Farragut decidió darles una semana más. Si en una semana no encontraban nada, regresarían a casa.

Una noche del último día, el barco navegaba tranquilamente bajo un cielo lleno de estrellas. Aronnax estaba apoyado en la barandilla mirando el agua. De pronto, Ned Land, que estaba subido en lo alto del mástil, dio un grito.

—¡La cosa! ¡La cosa! ¡A babor!

Todos corrieron a la borda. Y allí estaba. Una luz enorme brillaba a unas pocas millas de distancia, justo bajo la superficie del agua. Parecía un farol gigantesco. Se movía rápida, en línea recta, dejando una estela blanca. Por su tamaño, debía de ser una criatura de al menos setenta metros de largo. El profesor Aronnax abrió mucho los ojos. Nunca había visto nada semejante.

—¡A toda máquina! —ordenó Farragut.

El Abraham Lincoln se lanzó tras la luz. Lo persiguió durante horas. Pero el monstruo era más rápido. Cada vez que el barco se acercaba, la criatura aceleraba como si jugara con ellos. Cuando los marineros intentaban dispararle con los cañones, el monstruo se sumergía y volvía a aparecer al otro lado.

De pronto, se acercó al barco. Más, más. Ned Land levantó su arpón con fuerza y lo lanzó contra la luz. El arpón rebotó, ¡rebotó!, como si hubiera golpeado contra metal. Antes de que nadie pudiera entenderlo, el monstruo dio un golpe terrible contra el casco del Abraham Lincoln. El barco se sacudió como una hoja. Aronnax salió despedido y cayó por encima de la barandilla. Consejo, que jamás se separaba de su amo, se tiró tras él al agua.

Luego, el profesor sintió un golpe seco al chocar con algo duro. No era el barco. No era la espuma. Era algo grande y plano. Cuando abrió los ojos, descubrió que estaba aferrado al lomo del monstruo. Y a su lado había dos figuras: Consejo y Ned Land, también encaramados a aquella superficie metálica.

No era un monstruo. Era una máquina.






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