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El primer mensaje apareció un domingo por la noche, cuando la mayoría de los alumnos del Instituto Lorca estaban terminando los deberes o perdiendo el tiempo con el teléfono. La cuenta se llamaba @VerdadLorca y su primera publicación era una foto borrosa de dos personas besándose detrás del pabellón de deportes, acompañada de un texto que identificaba a ambas por sus nombres completos.
Nora Vidal vio la publicación mientras cenaba con su madre en la cocina de su piso de dos habitaciones. La sopa se le enfrió entre las manos mientras leía los comentarios que se acumulaban como una avalancha: risas, insultos, emoticonos crueles, memes improvisados. En menos de una hora, la publicación tenía doscientas interacciones.
—¿Qué miras con esa cara? —preguntó su madre desde el otro lado de la mesa.
—Nada. Cosas del instituto.
Su madre asintió sin insistir. Trabajaba doble turno en el hospital y las noches que coincidían en casa solían estar marcadas por un cansancio que no dejaba espacio para interrogatorios.
Nora no conocía personalmente a las dos personas de la foto, pero eso era lo de menos. Lo que le revolvió el estómago fue la velocidad con que la intimidad de alguien se había convertido en entretenimiento público. En cuestión de minutos, dos personas habían pasado de tener un secreto a ser un espectáculo.
Al día siguiente, el instituto era un hervidero. Todo el mundo hablaba de @VerdadLorca, pero nadie hablaba en voz alta. Era un murmullo constante, como electricidad estática, que vibraba en los pasillos y se intensificaba en los baños y las esquinas. Las dos personas de la foto no habían venido a clase.
Nora buscó a su mejor amiga, Irene, en el banco del patio donde siempre se sentaban.
—¿Has visto lo de la cuenta? —le preguntó Irene antes de que Nora pudiera abrir la boca. Irene era menuda, con el pelo rizado siempre recogido en una coleta alta, y tenía una forma de hablar que era como un torrente: rápida, intensa, sin pausas—. Es una locura. Todo el mundo intenta averiguar quién es.
—¿Y tú qué piensas? —preguntó Nora.
—Pienso que quien sea tiene acceso a información que no debería tener. Esa foto fue sacada desde dentro del instituto, probablemente desde una ventana del segundo piso. Eso reduce los sospechosos.
Nora la miró con curiosidad. Irene tenía una mente analítica que a veces resultaba perturbadora: era capaz de desmontar una situación social con la misma precisión con que un relojero desmonta un mecanismo.
—¿Estás pensando en investigar? —preguntó Nora.
—Estoy pensando en que alguien debería hacerlo antes de que publiquen algo peor.
No tuvieron que esperar mucho. Aquella misma noche, @VerdadLorca publicó su segundo mensaje. Esta vez no era una foto. Era un texto largo, detallado, que revelaba que un profesor del instituto había sido denunciado por plagio en su tesis doctoral. Incluía capturas de pantalla de documentos universitarios, fechas y referencias cruzadas. Era un trabajo de investigación serio, no el acto impulsivo de un adolescente aburrido.
La reacción fue inmediata. Los alumnos se dividieron en dos bandos: los que aplaudían a @VerdadLorca como un justiciero que revelaba verdades ocultas, y los que lo condenaban como un cobarde que destruía vidas desde el anonimato.
Nora se encontró en tierra de nadie. Por un lado, entendía la indignación: si un profesor había plagiado, ¿no tenía la comunidad derecho a saberlo? Pero por otro lado, la forma en que se había revelado —sin contexto, sin matices, sin dar al acusado la oportunidad de explicarse— le parecía profundamente injusta.
—El problema no es la verdad —le dijo a Irene por teléfono aquella noche—. El problema es quién tiene derecho a decidir cómo y cuándo se cuenta.
—Eso suena a algo que diría un político —respondió Irene—. La verdad es la verdad, Nora. Da igual cómo se cuente.
—No estoy de acuerdo. Una verdad lanzada como una bomba puede hacer tanto daño como una mentira.
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
—Bueno —dijo Irene finalmente—, entonces más razón para encontrar a quien está detrás. Porque si sigue así, esto va a acabar muy mal.
Nora se quedó mirando el techo de su habitación mucho tiempo después de colgar. Pensó en las dos personas de la primera foto, que probablemente estaban en sus casas sintiéndose expuestas y humilladas. Pensó en el profesor, cuya carrera podía estar destruida antes de que tuviera la oportunidad de defenderse. Y pensó en el responsable de @VerdadLorca, que desde algún lugar cercano movía los hilos de la información como un titiritero invisible.
¿Quién eras?, se preguntó. ¿Y qué era lo que realmente buscabas?
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