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El observatorio de Sierra Nevada guardaba un silencio que Irene Vega solo encontraba allí. A las dos de la madrugada, con el telescopio apuntando hacia la constelación de Orión, el mundo se reducía a datos, luz antigua y el zumbido constante de los equipos de refrigeración. Llevaba seis años trabajando en aquel lugar y todavía sentía un escalofrío cada vez que captaba la señal de una estrella variable. Algo en la regularidad de esos pulsos la tranquilizaba, como si el universo le confirmase que existía un orden más allá de lo que ella podía controlar.
Su teléfono vibró sobre la mesa metálica. La pantalla mostró el nombre de Álvaro y la hora: 2:17. Irene dudó un instante antes de descolgar.
—¿Sigues ahí? —La voz de Álvaro sonaba plana, sin inflexión, lo que significaba que estaba molesto.
—Tengo turno hasta las seis, ya lo sabes.
—Ya lo sé. Lo que no sé es por qué aceptas siempre los turnos de noche. Parece que prefieres estar con tus estrellitas que conmigo.
Irene cerró los ojos. Había tenido esa conversación tantas veces que podía recitarla de memoria. Él se quejaba, ella se disculpaba, él colgaba con un suspiro que pesaba más que cualquier reproche explícito. A veces Irene pensaba que aquel suspiro era el verdadero idioma de su relación: todo lo importante se decía sin palabras.
—Álvaro, es mi trabajo.
—Tu trabajo. Claro.
Silencio. Irene miró la pantalla del ordenador donde los datos de la estrella parpadeaban en verde. Una enana blanca absorbiendo materia de su compañera. Un sistema binario en el que una estrella devoraba lentamente a la otra.
—Mañana hablamos, ¿vale? —dijo ella con la voz más suave que encontró.
—Mañana. Siempre mañana.
Colgó sin despedirse. Irene dejó el teléfono boca abajo y se frotó los ojos. Llevaban ocho años juntos y a veces sentía que cada año pesaba el doble que el anterior, como si la relación acumulase gravedad propia. No sabía en qué momento habían pasado de ser dos personas que se elegían cada día a ser dos cuerpos atrapados en una órbita que ninguno de los dos había diseñado.
Volvió al telescopio. La enana blanca seguía alimentándose. Irene anotó los datos con precisión mecánica: magnitud, periodo, tasa de transferencia de masa. En la astrofísica todo se podía medir. Esa era la belleza del oficio: las estrellas no mentían, no manipulaban, no te hacían sentir culpable por dedicarte a lo que amabas.
A las cuatro de la madrugada el teléfono vibró de nuevo. Álvaro. Irene no contestó. A las cuatro y doce, otra vez. Tampoco contestó. A las cuatro y veintiuno, un mensaje: «Si no me coges el teléfono voy a pensar que estás con alguien.» Irene sintió el pinchazo familiar en el estómago, esa mezcla de culpa y rabia que ya no sabía separar. Contestó con un escueto «Estoy trabajando. Duérmete.» Él no respondió, pero ella supo que seguiría despierto, esperando, alimentando un reproche que sacaría a la luz en el momento más inesperado.
Cuando amaneció, Irene recogió sus cosas y condujo hasta el piso que compartían en Granada. Entró de puntillas, dejó las llaves en el cuenco de la entrada y fue directa al dormitorio. Álvaro dormía de espaldas, con el brazo extendido hacia el lado de ella como si incluso en sueños quisiera asegurarse de que volvía.
Irene se sentó en el borde de la cama y lo miró. En la penumbra, con la cara relajada, parecía el chico del que se había enamorado a los veintidós. Pero la luz siempre cambiaba las cosas. De día, las arrugas del ceño permanecían incluso cuando sonreía, y los ojos que antes la miraban con admiración ahora la escaneaban buscando faltas.
Se tumbó a su lado sin cambiarse de ropa. Olía a noche, a café frío, a metal del observatorio. Cerró los ojos e intentó dormir, pero la imagen de la enana blanca no la abandonaba. Una estrella que brillaba cada vez más mientras consumía a su compañera. Un espectáculo hermoso visto desde lejos. Una catástrofe, visto desde dentro.
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