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En Auria, la magia no era algo extraordinario. Era tan común como respirar, tan natural como el amanecer que cada mañana pintaba de dorado las montañas del Valle Central. Cada persona nacía con un don: la capacidad de hacer una cosa imposible que definía su lugar en el mundo. Los dones de la tierra podían mover rocas y hacer crecer árboles con un gesto. Los dones del fuego encendían hogueras y forjaban metales con las manos desnudas. Los dones del agua controlaban ríos y curaban heridas. Los dones del aire convocaban vientos y escuchaban mensajes en la brisa.
Cada niño de Auria descubría su don en la Ceremonia del Despertar, que se celebraba el día de su decimotercer cumpleaños. Era el momento más importante de una vida: cuando la magia interior se manifestaba por primera vez y el niño sabía, por fin, qué tipo de magia corría por sus venas.
Nira no tenía miedo de la Ceremonia. Tenía terror.
No porque temiera su don —cualquier don era bienvenido en Auria—, sino porque temía no tener ninguno. Era un miedo irracional: en la historia del reino, jamás había nacido un auriano sin don. Pero Nira siempre había sido diferente, y diferente en Auria no siempre era bueno.
Para empezar, no conocía a su madre. Había aparecido en la puerta del Orfanato de Raíz Profunda cuando era un bebé, envuelta en una manta bordada con símbolos que nadie reconoció. La directora del orfanato, una mujer práctica llamada Greta, la crió con la misma eficiencia con la que organizaba las despensas: sin excesivo cariño pero con toda la comida y las mantas que una niña necesitaba.
Y luego estaba Eryn. Eryn Bosque era su mejor amigo desde los cinco años, cuando Nira había encontrado al niño llorando detrás del establo porque los otros niños se burlaban de sus orejas grandes. Nira se sentó a su lado, le ofreció la mitad de su manzana y le dijo: «Tus orejas están bien. Son como las de los ciervos del bosque. Los ciervos oyen todo, hasta los secretos.» Desde entonces, fueron inseparables.
Eryn había tenido su Despertar un mes antes y había recibido el don de la tierra, como era de esperar: su familia llevaba generaciones cultivando los campos de Auria con magia agrícola. Podía hacer brotar flores del suelo con solo tocar la tierra, y lo hacía constantemente, dejando un rastro de margaritas por donde pasaba.
—Deja de crear flores —le dijo Nira mientras caminaban hacia el Templo de la Luna, donde se celebraría la Ceremonia—. Parece que voy escoltada por un jardín ambulante.
—Es que estoy nervioso por ti —confesó Eryn, cuyas orejas se habían puesto rojas, como siempre que sentía emociones fuertes—. ¿Y si tu don es algo increíble? ¿Y si es algo raro?
—Prefiero raro a inexistente.
—Nadie nace sin don, Nira.
—Nadie nace sin padres, y aquí estoy.
Eryn no supo qué responder. Le tomó la mano y caminaron juntos por el sendero empedrado que subía la colina hasta el Templo.
El Templo de la Luna era un edificio circular de piedra blanca, abierto al cielo, con columnas talladas que representaban los cuatro elementos. En el centro, un estanque de agua plateada reflejaba la luna incluso en pleno día, como si el satélite estuviera atrapado en su fondo. Alrededor del estanque, los asientos de piedra se llenaron de espectadores: vecinos, amigos del orfanato, curiosos.
En la fila principal estaba la Maestra Lunara, consejera del Palacio Real y la persona más sabia de Auria según la mayoría, la más críptica según el resto. Tenía el pelo plateado recogido en una trenza que le llegaba a la cintura, ojos de un violeta profundo y una expresión perpetuamente serena que podía significar que estaba pensando en los misterios del universo o en qué cenar.
Y en la esquina más alejada, medio oculto entre las sombras de una columna, estaba Lord Ceniza. El Consejero de Defensa del reino, un hombre de rostro afilado y ojos grises que parecían evaluar constantemente a todo el mundo. Lord Ceniza no solía asistir a las Ceremonias de niños huérfanos. Su presencia hizo que a Nira se le erizara la piel.
La Ceremonia era sencilla: el niño se arrodillaba junto al estanque, sumergía las manos en el agua plateada y dejaba que la magia interior respondiera. El agua mostraba el don en forma de luz: verde para la tierra, roja para el fuego, azul para el agua, blanca para el aire.
Nira se arrodilló. El borde de piedra del estanque estaba frío contra sus rodillas. Su reflejo la miraba desde el agua con ojos asustados que intentaban ser valientes.
—Adelante, niña —dijo la sacerdotisa que presidía la ceremonia.
Nira sumergió las manos.
El agua estaba helada. Después, ardiente. Después, ambas cosas a la vez. Nira jadeó. Algo se movió dentro de ella, en un lugar que no sabía que existía: un espacio entre su corazón y su columna vertebral donde la magia dormía.
La magia despertó.
La luz que surgió del estanque no fue verde, ni roja, ni azul, ni blanca. Fue dorada. Un resplandor dorado que iluminó todo el templo como un pequeño sol, haciendo que los espectadores se cubrieran los ojos y retrocedieran.
Pero eso no fue lo extraordinario. Lo extraordinario vino después.
Cuando la luz dorada se apagó, surgió otra. Plateada. Una segunda luz, más suave, más profunda, que se entrelazó con los restos de la dorada como dos ríos que se encuentran.
Dos luces. Dos dones.
El silencio que cayó sobre el Templo fue tan absoluto que Nira pudo oír el latido de su propio corazón.
—Imposible —susurró la sacerdotisa.
La Maestra Lunara se puso de pie, con los ojos violetas muy abiertos.
—No es imposible —dijo con voz clara—. Es el Despertar Doble. No ha ocurrido en mil años.
Lord Ceniza se movió en las sombras. Su expresión no era de asombro. Era de miedo.
Y Nira, con las manos todavía sumergidas en el agua que ahora era oro y plata, sintió dos fuerzas distintas recorrer su cuerpo como dos corrientes eléctricas que no deberían coexistir pero que en ella encontraban un equilibrio perfecto.
Tenía dos dones. En un mundo donde uno era la norma, ella era la excepción. La anomalía. El prodigio.
O el peligro.
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