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Crónicas del exilio interior
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El cursor parpadeaba como un metrónomo indiferente. Gabriel llevaba cuarenta y siete minutos mirándolo. No era la primera vez. Llevaba tres años de primeras veces que se repetían hasta convertirse en rutina: abrir el documento, sentarse, mirar, cerrar el documento. A veces ni siquiera llegaba a abrirlo.

Su apartamento en el barrio de San Pablo, en Zaragoza, había adquirido esa cualidad particular de los espacios donde alguien se apaga lentamente. Las persianas medio bajadas filtraban una luz cobarde que dibujaba rectángulos pálidos en el suelo. Había tazas de café a medio terminar en la mesilla, en el escritorio, junto al fregadero. Cada una era el último intento fallido de empezar algo.

Gabriel Ochoa tenía cuarenta años. A los veintiocho había publicado El viento que sostiene, una novela que la crítica calificó de revelación. Ganó el Premio de las Letras Jóvenes, le hicieron entrevistas en la radio, en los periódicos, en esos programas culturales que nadie ve pero que todo el mundo cita. Durante dos años fue el escritor que había que leer. Después vino el segundo libro, que no fue malo pero tampoco fue el primero, y después vino el silencio.

No un silencio elegante, como el de esos autores que publican una obra maestra cada década. El suyo era un silencio sucio, hecho de intentos abortados, de carpetas con nombres como "Novela_nueva_v3_FINAL_de_verdad" que contenían tres párrafos y una vergüenza infinita.

El teléfono sonó. Gabriel miró la pantalla: Lucía. Su editora. Lo dejó sonar tres veces antes de contestar.

—Gabriel, tenemos que hablar del contrato.

—Lo sé.

—Vence en marzo. Son cuatro meses. Necesito algo. Un borrador, un esquema, lo que sea.

—Lo sé, Lucía.

Hubo un silencio al otro lado. Gabriel podía imaginarla en su despacho de Madrid, con esa paciencia profesional que empezaba a agrietarse.

—¿Estás escribiendo?

Él miró el cursor. Seguía parpadeando.

—Estoy en ello.

Cuando colgó, se quedó sentado en la silla giratoria con las manos sobre los muslos. Fuera, Zaragoza hacía su vida. Podía oír el tráfico de la calle Alfonso, el murmullo de la ciudad en movimiento. Gente que iba a algún sitio, que hacía cosas, que producía y consumía y existía sin que eso les pareciera un esfuerzo titánico.

Gabriel se levantó. Fue a la cocina. Puso agua a hervir. Mientras esperaba, abrió la nevera: medio limón reseco, un cartón de leche y tres lonchas de jamón que habían visto días mejores. Tendría que bajar a comprar. La sola idea le pesaba como si le pidieran escalar una montaña.

No era pereza. Gabriel lo sabía, aunque no supiera nombrarlo. La pereza tiene algo de placentero, de elección deliberada. Lo suyo era otra cosa. Era como si alguien hubiera desconectado un cable esencial en algún lugar de su interior y todas las funciones siguieran operando al mínimo, en modo ahorro de energía. Podía respirar, podía caminar, podía preparar café. Pero cada acción requería una negociación interna agotadora.

Volvió al escritorio con la taza. Miró el documento vacío. Escribió una palabra: "Había". La borró. Escribió otra: "Cuando". La borró. Cerró el portátil.

Se tumbó en el sofá y miró el techo. Había una mancha de humedad en la esquina que llevaba meses creciendo, como un mapa de un país que no existía. Gabriel pensó que debería llamar al casero. No lo haría.

Eran las cuatro de la tarde de un martes de noviembre y Gabriel Ochoa, escritor, no tenía nada que decir. Ni a Lucía, ni al mundo, ni a sí mismo. Y eso, pensó mientras cerraba los ojos, era lo más aterrador de todo: no el silencio, sino la posibilidad de que el silencio fuera lo único honesto que le quedaba.






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  • Cadenas de agente de usuario sospechosas
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