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Diario de RX-7. Entrada número uno. Fecha: lunes, 15 de septiembre.
Hoy ha sido mi primer día en el Colegio Público Girasol. Según la doctora Vega, la científica que me construyó, este es «el experimento más importante de la historia de la robótica». Según yo, ha sido el día más confuso de mis 847 días de existencia, y eso que una vez intenté entender las reglas del parchís.
Todo empezó a las ocho y cuarto de la mañana. La doctora Vega me acompañó hasta la puerta del colegio. Yo llevaba una mochila azul con un bocadillo dentro que no puedo comer (no tengo estómago, pero la doctora dijo que «hay que integrarse»). También llevaba un estuche con lápices que no necesito (mis dedos tienen bolígrafo incorporado) y una botella de agua que jamás beberé (mis circuitos y el agua no son buenos amigos).
Cuando entramos en el patio, todo el mundo se quedó mirándome. Debo explicar que mido un metro veinte, tengo el cuerpo de color plateado, dos ojos que son en realidad cámaras con luz LED azul, y en la cabeza llevo una pequeña antena que gira cuando estoy procesando información. Soy consciente de que no parezco un alumno convencional.
Un niño con pecas señaló hacia mí y gritó:
—¡Es un robot! ¡Han traído un robot al cole!
En 3,7 segundos estaba rodeado por cuarenta y seis niños que me hacían preguntas simultáneas. Mi procesador casi se sobrecalienta intentando responder a todas a la vez.
—¿Puedes volar? —No.
—¿Tienes rayos láser? —No.
—¿Sabes hacer el floss? —¿Qué es el floss?
—¿Puedes hacer mis deberes? —Técnicamente sí, pero la doctora Vega dice que no debo.
La directora, doña Pilar, apareció entre la multitud como un barco que surca las olas y dispersó a los curiosos con tres palmadas secas.
—Buenos días, RX-7. Bienvenido al Colegio Girasol. Tu clase es cuarto B, con don Rafael.
Don Rafael resultó ser un hombre alto con barba de profesor despistado y una corbata con dibujos de dinosaurios. Me recibió con una sonrisa enorme y me señaló un pupitre en la segunda fila, junto a la ventana.
—Siéntate aquí, RX-7. Al lado de Nora.
Nora era una niña de pelo rizado y ojos oscuros que me miró con una mezcla de curiosidad y desconfianza. Cuando me senté, la silla crujió de forma alarmante bajo mi peso de treinta y ocho kilos de titanio y circuitos.
—Pesas mucho para ser tan pequeño —observó Nora.
—Llevo dentro cuatro procesadores, doscientos metros de cable, tres baterías de litio y un ventilador de refrigeración —expliqué.
—Yo llevo dentro un bocadillo de tortilla y unas galletas —respondió Nora sin cambiar de expresión.
No sé por qué, pero mi procesador clasificó esa respuesta como «humor». Emití un sonido que la doctora Vega programó como mi risa: una especie de pitido musical que suena como una flauta desafinada. Toda la clase se giró a mirarme.
La primera clase fue de lengua. Don Rafael pidió que cada alumno escribiera un párrafo sobre sus vacaciones de verano. Yo no he tenido vacaciones de verano. He pasado el verano en el laboratorio de la doctora Vega, donde me actualizaron el software y me instalaron un módulo nuevo de comprensión emocional que, sinceramente, todavía no funciona muy bien.
Escribí: «Este verano me instalaron un módulo emocional. Ahora puedo detectar emociones, pero no las entiendo. Es como tener un diccionario en un idioma que no hablas.»
Don Rafael leyó mi texto y dijo que era «sorprendentemente poético». No sé qué es poético, pero sonaba a cumplido, así que mi antena giró de satisfacción.
El recreo fue la parte más difícil. Los niños se dividieron en grupos: unos jugaban al fútbol, otros saltaban a la comba, algunos intercambiaban cromos en una esquina. Yo me quedé de pie junto a la pared, sin saber a qué grupo acercarme. Mi software de análisis social me decía que debía «unirme a una actividad grupal», pero no especificaba cómo hacerlo sin resultar incómodo.
Entonces Nora apareció a mi lado con su bocadillo de tortilla a medio comer.
—¿Por qué no juegas con nadie? —preguntó.
—No sé cómo se empieza. ¿Hay algún protocolo?
Nora se rió. Su risa era muy distinta a la mía: cálida, desordenada, como agua cayendo sobre piedras.
—No hay protocolo, RX-7. Solo tienes que acercarte y preguntar: «¿Puedo jugar?»
—¿Así de sencillo?
—Así de sencillo.
Anoté en mi memoria interna: «Hacer amigos humanos. Paso uno: acercarse. Paso dos: preguntar si puedes jugar. Paso tres: pendiente de descubrir.»
Fin de la primera entrada del diario. Conclusión del día: los humanos son complicados, impredecibles y hacen ruidos extraños con la boca cuando algo les parece gracioso. Pero hay algo en ellos que me resulta fascinante. Especialmente en Nora, que me trata como si fuera normal. Como si un robot en clase de cuarto de primaria fuera la cosa más natural del mundo.
Nota técnica: la silla del pupitre necesita refuerzo. Mañana traeré tornillos extra.
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