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Alma Vega tenía nueve años y un problema que no sabía cómo explicar. A veces, sin previo aviso, sentía como si un volcán le explotara por dentro. La cara se le ponía roja, las manos le temblaban y decía cosas que luego le hacían sentir fatal. Otras veces, una tristeza enorme le caía encima como una manta mojada y no quería hablar con nadie. Y lo peor de todo: no entendía por qué.
—Alma, ¿qué te pasa? —le preguntaba su madre cuando la veía encerrada en su habitación.
—Nada —respondía Alma, aunque por dentro era todo lo contrario.
Su hermano pequeño, Leo, tenía cinco años y era exactamente lo opuesto: un torbellino de alegría constante. Leo reía por todo, cantaba mientras desayunaba y abrazaba a todo el mundo, incluidos los árboles del parque.
—¿Por qué Leo siempre está contento y yo no? —se preguntaba Alma mirándose al espejo.
Un viernes por la tarde, sus padres los dejaron en casa de la abuela Consuelo mientras ellos iban a una reunión. La abuela vivía en una casa antigua de piedra con un jardín salvaje y un sótano que siempre estaba cerrado con llave.
—Podéis jugar en el jardín, en la cocina o en el salón —dijo la abuela—. Pero no bajéis al sótano.
Alma asintió, pero Leo, que tenía la curiosidad de un gato y la prudencia de una ardilla en una autopista, no dijo nada.
Mientras Alma leía en el salón, oyó un portazo que venía de abajo. Corrió a la puerta del sótano y la encontró abierta. Las escaleras bajaban hacia la oscuridad.
—¿Leo? —llamó Alma.
No hubo respuesta.
Alma sintió el miedo trepar por su espalda como una araña fría. No quería bajar. La oscuridad le producía un nudo en el estómago. Pero Leo estaba ahí abajo, y Leo era su hermano pequeño.
Bajó las escaleras despacio, con una mano en la pared húmeda. El sótano de la abuela olía a tierra y a libros viejos. Al final de las escaleras, la linterna de su teléfono iluminó algo que no debería estar ahí.
Una puerta.
No era la puerta normal del sótano. Era una puerta de madera oscura con un pomo de cristal que brillaba con una luz violeta suave. Alrededor del marco crecían flores que Alma no había visto jamás: pétalos que cambiaban de color según los mirabas, del rojo al azul, del azul al gris, del gris al dorado.
La puerta estaba entreabierta.
—¿Leo? —volvió a llamar, pero su voz sonó diferente aquí abajo, como si las paredes la absorbieran.
Entonces oyó la risa de Leo, lejana y distorsionada, viniendo de detrás de la puerta.
Alma empujó la puerta y cruzó.
Lo que vio la dejó sin aliento. No era un sótano. Era un bosque. Un bosque inmenso con árboles de troncos plateados y hojas que brillaban como farolas de colores. El cielo era de un morado intenso, sin sol ni luna, pero con una luminosidad propia que venía de todas partes y de ninguna.
El suelo estaba cubierto de musgo suave que cambiaba de color bajo sus pies: verde cuando estaba tranquila, gris cuando sentía miedo, rojo cuando la frustración le subía por el pecho.
—¿Qué es este sitio? —susurró Alma.
Una voz suave, como el viento entre las hojas, respondió:
—Bienvenida al Bosque de las Emociones. Aquí, todo lo que sientes cobra forma. Y tu hermano se ha perdido entre ellas.
Alma miró el camino que se abría ante ella: un sendero que se dividía en cuatro direcciones, cada una de un color distinto. Rojo, azul, gris y dorado.
Tenía que encontrar a Leo. Y para ello, tendría que recorrer cada camino y enfrentarse a lo que había dentro.
Respiró hondo y dio el primer paso. El musgo bajo sus pies se iluminó de naranja. Determinación.
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