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Leo Herrera tenía nueve años, cuatro cuadernos llenos de dibujos de inventos, un gato que le tenía miedo y un historial de desastres que haría llorar a cualquier ingeniero profesional.
Su último invento era la Tostadora Turbo 3000, una máquina que supuestamente tostaba el pan en tres segundos y lo servía directamente en el plato mediante un sistema de catapulta de precisión. Leo la había construido con piezas de una batidora vieja, un muelle de colchón, dos pilas de linterna y mucha, mucha cinta adhesiva. En su cuaderno, el diseño era perfecto: líneas limpias, flechas de dirección, ángulos calculados con transportador. En la realidad, era otra historia.
Aquella mañana de martes, Leo encendió la Tostadora Turbo 3000 delante de toda su familia. Su madre tomaba café. Su padre leía el periódico. Su hermana pequeña jugaba con cereales.
—Preparaos para el futuro del desayuno —anunció Leo con solemnidad.
Pulsó el botón. Hubo un zumbido, un chasquido, un silbido agudo… y la tostada salió disparada como un cohete. Pero no hacia el plato. Hacia el techo. Rebotó en la lámpara, que se balanceó como un péndulo enloquecido. La tostada cambió de dirección, derribó el salero como si fuera un bolo, chocó contra el azucarero, hizo explotar la jarra de zumo en una cascada naranja y aterrizó, con una puntería que ningún francotirador habría logrado, directamente en la cabeza del gato Bernardo, que dormía en la silla del rincón.
Bernardo salió corriendo como si le persiguiera un ejército de perros, derrapó en el zumo del suelo, resbaló por el pasillo y se estrelló contra la puerta del baño.
—¡Leonardo Herrera! —gritó su madre, de pie, con zumo de naranja goteándole del pelo y un trozo de tostada en el hombro—. ¿Se puede saber qué era eso?
—La Tostadora Turbo 3000 —dijo Leo con una sonrisa esperanzada—. Versión beta.
—¡Pues la versión beta ha destruido mi cocina y traumatizado al gato!
—Los grandes inventos necesitan ajustes, mamá. Edison probó mil materiales antes de inventar la bombilla.
—Edison no le ponía tostadas en la cabeza al gato.
En el colegio, las cosas no iban mucho mejor. Leo había intentado presentar sus inventos en la clase de tecnología varias veces, y cada presentación acababa en catástrofe memorable.
La Mochila Autopropulsada, que se suponía que te llevaba al colegio sin esfuerzo, se enganchó en la puerta del aula y arrastró al profesor don Alberto tres metros por el pasillo antes de detenerse contra la pared. El Paraguas Multiusos, diseñado para proteger de la lluvia, el sol y el viento al mismo tiempo, se abrió al revés y empapó a la directora con el agua que había acumulado. Y el Bolígrafo que Nunca se Queda sin Tinta explotó durante una demostración y dejó manchadas de azul las caras, las manos y las camisetas de medio salón de actos.
Desde entonces, sus compañeros le llamaban «Leo Catástrofe». Al principio le hacía gracia, como un apodo de superhéroe al revés. Pero después de meses oyéndolo, ya no era gracioso. Era un recordatorio constante de que todo lo que intentaba salía mal.
—¿Por qué no te dedicas a otra cosa? —le dijo Marcos un día en el recreo, rodeado de sus amigos—. Claramente, inventar no es lo tuyo. Haz algo normal, como jugar al fútbol o coleccionar cromos.
Otros se rieron. Leo sonrió por fuera, la sonrisa automática que había aprendido a poner cuando algo le dolía, pero por dentro sintió como si le hubieran puesto una piedra enorme en el pecho.
Esa tarde, mientras recogía los restos de la Tostadora Turbo 3000 del suelo de la cocina, Leo pensó en dejarlo. Quizá Marcos tenía razón. Quizá no servía para inventar. Quizá debería dedicarse a algo seguro, predecible, algo donde no pudiera romper nada.
Pero luego abrió su cuaderno de inventos, el número cuatro, y pasó las páginas. Cientos de ideas dibujadas con lápiz y coloreadas con rotulador. Algunas absurdas, otras descabelladas, muchas imposibles. Pero todas nacidas de una parte de él que no sabía apagar, una chispa que seguía encendiéndose cada vez que miraba un problema y pensaba: «¿Y si hubiera una forma mejor de hacer esto?»
—No voy a rendirme —susurró—. Solo necesito… un poco de ayuda.
No sabía que la ayuda estaba más cerca de lo que imaginaba. Concretamente, escondida en el sótano de su propio colegio, detrás de una puerta azul.
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