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Todo empezó por culpa de un regalo de cumpleaños que no pedí. El doce de septiembre cumplí once años y mi tía Marisol, que vive en Barcelona y siempre me regala cosas raras, me envió un cuaderno. No un cuaderno normal de espiral con la tabla periódica en la contraportada, sino un cuaderno gordo, de tapas duras color burdeos, con las páginas color crema y una frase grabada en la cubierta: «Las respuestas que buscas están en las preguntas que te haces».
Dentro había una nota de la tía Marisol que decía: «Querida Elena, tienes once años y el mundo está a punto de volverse muy confuso. Este cuaderno es para que te hagas una pregunta cada día. No una pregunta para el examen de Matemáticas, sino una pregunta de verdad, de las que importan. Cuando llegues a cien preguntas, tendrás once años y cien días, y serás una persona completamente diferente. Te quiere, tía Marisol. P.D.: No hagas trampa haciendo cinco preguntas el mismo día. Una por día. Es la regla».
Mi primera reacción fue pensar que la tía Marisol se había vuelto más rara de lo habitual. Mi segunda reacción fue guardar el cuaderno en el cajón de la mesilla y olvidarme de él.
Pero aquella noche, después de la cena de cumpleaños (lasaña de mi madre, que es lo mejor del mundo, y tarta de chocolate de mi padre, que es lo segundo mejor del mundo), me quedé despierta mirando el techo. No podía dormir. Y no por el azúcar de la tarta, sino porque algo me rondaba la cabeza y no sabía qué era.
Saqué el cuaderno del cajón. Lo abrí por la primera página. Cogí un bolígrafo azul y escribí:
«Pregunta número 1: ¿Por qué me siento rara en mi propio cumpleaños?»
Me quedé mirando la pregunta durante un rato. Era una buena pregunta. Cumplir once años debería ser genial: regalos, amigos, tarta. Pero la verdad era que durante toda la fiesta había sentido una especie de incomodidad, como si estuviera actuando el papel de Elena-la-que-cumple-años en lugar de ser simplemente Elena.
Mis amigos habían venido a la fiesta. Pablo, mi mejor amigo desde los seis años, me había traído un libro de astronomía porque sabe que me encantan las estrellas. Clara y Jimena, mis amigas del cole, me habían regalado unas pulseras de colores. Leo, el nuevo del barrio, había venido porque su madre insistió, y se pasó toda la tarde jugando solo con la consola de mi hermano Mateo.
Todo era normal. Todo estaba bien. Pero yo me sentía rara.
Decidí intentar responder a mi propia pregunta, aunque la tía Marisol no había dicho nada sobre respuestas.
«Posible respuesta a la pregunta 1: Me siento rara porque estoy cambiando y no entiendo cómo. Antes, las fiestas de cumpleaños eran lo mejor del año. Jugábamos a las sillas musicales, comíamos gominolas hasta que nos dolía la tripa y no pensábamos en nada más. Hoy, mientras mis amigos cantaban el Cumpleaños Feliz, yo estaba pensando en que Clara y Jimena se han hecho amigas de Lucía Prado y ya no me cuentan las cosas que me contaban antes. Y en que Pablo me mira de una manera diferente este año y eso me incomoda, aunque no sé por qué. Y en que dentro de un año tendré doce y luego trece y luego seré adolescente y me da un poco de vértigo».
Cerré el cuaderno y apagué la luz. No había descubierto la respuesta definitiva, pero escribir me había hecho sentir mejor. Como si al poner las palabras en el papel, les hubiera quitado parte de su peso.
Al día siguiente, cuando llegué al colegio, Clara y Jimena estaban hablando con Lucía Prado junto a las taquillas. Cuando me vieron, se callaron de golpe. Lucía sonrió y dijo «Hola, Elena», con esa voz suya que siempre parece que te está haciendo un favor al dirigirte la palabra.
—Hola —dije, mirando a Clara y Jimena buscando una explicación.
—Estábamos hablando de la fiesta del sábado en casa de Lucía —dijo Jimena, con expresión culpable—. Es solo para su grupo de ballet.
—Yo no hago ballet —dije.
—Ya, por eso… —Jimena no terminó la frase.
—No pasa nada —mentí.
Sí pasaba. Claro que pasaba. Clara y Jimena eran mis amigas desde tercero de primaria. Habíamos compartido meriendas, secretos, risas y lloros. Y ahora estaban siendo absorbidas por el campo gravitacional de Lucía Prado, que tenía el pelo largo y brillante, ropa de marca y una casa con piscina.
Aquella noche, abrí el cuaderno burdeos.
«Pregunta número 2: ¿Se puede perder una amistad sin que nadie haga nada malo?»
Escribí la pregunta y me quedé pensando. No estaba enfadada con Clara ni con Jimena. No habían hecho nada terrible. Simplemente estaban descubriendo nuevos intereses, nuevas personas, nuevos mundos. Y yo me estaba quedando en el mundo antiguo, mirando cómo se alejaban.
«Posible respuesta a la pregunta 2: Creo que sí. Las amistades pueden cambiar sin que nadie tenga la culpa. Es como cuando un río se bifurca: el agua sigue fluyendo, pero en direcciones diferentes. No es culpa de ninguna gota. Pero eso no significa que no duela».
Pablo me llamó por teléfono mientras escribía.
—Elena, ¿has empezado el trabajo de Ciencias? Podemos hacerlo juntos mañana en la biblioteca.
—Vale, perfecto.
—Oye, ¿estás bien? En la fiesta te noté un poco ausente.
—Estoy bien, Pablo. Solo… pensando.
—¿En qué?
—En todo. En nada. En las dos cosas a la vez.
Pablo se rio.
—Eso es muy de Elena Vázquez.
Colgué con una sonrisa. Pablo era la persona que mejor me conocía en el mundo. Y eso, en medio de toda la confusión, era un consuelo enorme.
Antes de dormirme, volví a abrir el cuaderno y escribí debajo de la pregunta dos: «Nota: Pablo sigue siendo Pablo. Eso es bueno. Creo».
No sabía por qué había añadido el «creo». Pero algo me decía que esa pequeña palabra iba a ser importante más adelante.
Dos preguntas hechas. Noventa y ocho por delante. Y la sensación creciente de que la tía Marisol, con su regalo raro, me había dado exactamente lo que necesitaba.
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