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El primer indicio de que algo iba mal en Aguaclara fue que los peces dejaron de venir.
No fue algo repentino. Primero fue la merluza, que simplemente no apareció en las redes de octubre. Los pescadores se encogieron de hombros: a veces los bancos de merluza cambiaban de ruta. Luego fue el jurel, que se esfumó en noviembre como si alguien hubiera vaciado el mar con un tapón invisible. Después desaparecieron las sardinas, los boquerones, los salmonetes. Para diciembre, los barcos de Aguaclara salían al amanecer y volvían al mediodía con las redes vacías y la moral por los suelos.
-En treinta años de pesca, nunca he visto nada igual -dijo Andrés Molina, sentado en el muelle con las manos grandes y vacías sobre las rodillas. Andrés era el padre de Vera y el mejor pescador de Aguaclara, lo cual en un pueblo donde todo el mundo pescaba era como ser el mejor futbolista en Brasil-. Los peces no se han ido a otra parte. Han desaparecido. Es como si algo los hubiera ahuyentado.
Vera lo escuchó desde la puerta de la caseta de redes, donde estaba remendando una malla rota con la agilidad de quien lleva haciéndolo desde los seis años. Tenía once, el pelo negro como la tinta y los ojos grises como el mar en invierno. Era observadora, callada y tenaz, tres cualidades que su abuela decía que había heredado del mar.
-¿Ahuyentado por qué? -preguntó.
-Si lo supiera, no estaría aquí sentado, ¿no crees? -respondió su padre con esa mezcla de cariño y frustración que los adultos usan cuando no tienen respuestas.
Al otro lado del muelle, Mateo Ríos estaba sentado sobre una caja de plástico, lanzando piedras al agua con precisión. Mateo era hijo de Paco Ríos, el dueño de la segunda barca más grande del pueblo, y tenía doce años, el pelo rizado y una capacidad asombrosa para meterse en problemas. También era el mejor amigo de Vera, lo que significaba que frecuentemente la arrastraba a sus problemas o ella lo arrastraba a los suyos.
-He oído algo raro esta noche -dijo Mateo, acercándose a Vera cuando los adultos se alejaron a discutir en la taberna de la plaza.
-¿Raro cómo?
-Un crujido. Venía de los acantilados del norte, cerca del Faro Viejo. No era el viento ni las olas. Era como si la roca se estuviera partiendo.
-Las rocas no se parten solas, Mateo.
-Exacto. Y hay algo más. -Mateo bajó la voz-. Mi padre me ha prohibido acercarme al Faro Viejo. Sin explicaciones. Solo «no vayas allí». ¿Cuándo ha sido mi padre de los que prohíben cosas sin dar razones?
Vera lo pensó. Paco Ríos era un hombre tranquilo que siempre explicaba el porqué de sus decisiones. Que prohibiera algo sin motivo era, efectivamente, extraño.
-Mi abuela también se puso rara cuando le pregunté por los peces -añadió Vera-. Normalmente me cuenta historias de cuando era joven y los bancos de atún pasaban tan cerca de la costa que podías pescarlos con las manos. Pero ayer, cuando le pregunté por qué se habían ido los peces, se calló. Y mi abuela no se calla nunca, Mateo. Nunca.
-Algo están escondiendo.
-Algo están escondiendo -repitió Vera.
Esa noche, Vera intentó sonsacar información a su abuela, Carmela. La anciana estaba sentada en su butaca junto a la ventana que daba al mar, tejiendo una bufanda interminable que parecía no tener principio ni fin.
-Abuela, ¿alguna vez habían desaparecido los peces antes?
Carmela dejó de tejer. Solo un segundo, pero Vera lo notó.
-El mar tiene sus ciclos, niña. A veces da y a veces quita.
-Pero esto no es un ciclo normal. Los pescadores dicen que nunca han visto algo así.
-Los pescadores son jóvenes. No recuerdan.
-¿Y tú? ¿Tú recuerdas?
Carmela miró a Vera con esos ojos oscuros que el tiempo había nublado pero no apagado.
-Recuerdo demasiado, niña. Y hay cosas que es mejor no recordar.
-Abuela…
-Vete a dormir, Vera.
Fue la primera vez que su abuela la mandaba a dormir sin contarle un cuento. Eso, más que cualquier otra cosa, convenció a Vera de que el misterio era real.
A la mañana siguiente, Mateo la esperaba en el muelle con los ojos brillantes.
-Anoche fui a los acantilados -dijo.
-¿Solo? ¿De noche? ¿Estás loco?
-Probablemente. Pero escucha. El crujido es real. Viene de debajo de los acantilados, como si algo se moviera en las cuevas submarinas. Y vi algo, Vera. Una luz. Azul, brillante, pulsante, como un latido. Salía del agua, justo debajo de la entrada de la cueva del Faro Viejo.
-¿Una luz debajo del agua?
-Azul. Palpitando. Como si el mar tuviera corazón.
Vera sintió un escalofrío que no era de frío. Era de curiosidad. Y la curiosidad, en Aguaclara, era tan peligrosa como una tormenta de levante.
-Tenemos que investigar esa cueva -dijo.
-Sabía que dirías eso -respondió Mateo con una sonrisa-. Por eso he traído las linternas.
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