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El examen de las mentiras
La nota que no debía ver


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Marcos Herrera no era el tipo de persona que buscaba problemas. Más bien al contrario: llevaba tres años en el Instituto Lope de Vega sin que nadie recordara especialmente su nombre, y eso le parecía perfecto. Sacaba notas decentes, tenía un grupo reducido de amigos y pasaba los recreos sentado en las gradas del patio, leyendo cómics o discutiendo con Hugo sobre qué serie empezar ese fin de semana. Una vida tranquila, predecible, cómoda.

Pero aquel martes de noviembre, todo cambió por culpa de un papel doblado en cuatro.

Ocurrió durante la clase de Tecnología, justo antes del examen de Matemáticas de la quinta hora. Marcos había ido al baño con permiso del profesor y, al pasar por el pasillo de las taquillas, vio a Adrián Molina apoyado contra la pared, hablando en voz baja con Claudia Reyes. No era raro ver a Adrián por los pasillos; era el tipo de chico que siempre encontraba excusas para salir de clase. Alto, con el pelo rapado por los lados y una sonrisa que parecía esconder algo, Adrián era popular sin esfuerzo aparente. Claudia, por su parte, era una de las mejores alumnas del curso, delegada de clase y aspirante a todo lo que tuviera la palabra «excelencia» en la descripción.

Marcos no pretendía espiar. Simplemente pasó por detrás de ellos camino al baño. Pero entonces Adrián le pasó a Claudia un papel doblado, y ella lo abrió lo justo para echarle un vistazo rápido. Sus ojos se abrieron.

-Están todos, ¿no? -murmuró Claudia.

-Los veinte problemas -respondió Adrián-. Con las soluciones. Cuarenta euros bien invertidos.

Marcos se detuvo en seco. El corazón le dio un vuelco. Se quedó inmóvil durante un segundo que pareció eterno, y luego siguió caminando como si no hubiera oído nada. Entró en el baño, se apoyó en el lavabo y se miró en el espejo. ¿Había entendido bien? ¿Claudia Reyes, la alumna modelo, la que siempre levantaba la mano en clase y corregía al profesor cuando se equivocaba en una fecha, estaba comprando un examen?

Se lavó las manos despacio, intentando procesar lo que acababa de escuchar. Cuarenta euros. Los veinte problemas. Con las soluciones. No había margen para la interpretación.

Cuando volvió a clase, Hugo le miró desde su pupitre.

-¿Estás bien? Pareces un fantasma.

-Sí, sí. Es que me duele un poco el estómago -mintió Marcos.

Durante el examen de Matemáticas, Marcos no pudo concentrarse. Miraba su folio, leía los problemas, pero sus ojos se desviaban constantemente hacia Claudia, tres filas más adelante. Ella escribía sin vacilar, sin borrar, sin esa pausa angustiosa que todo el mundo hacía al llegar al problema siete, el de las funciones. Su bolígrafo se deslizaba con una seguridad que ahora, a Marcos, le parecía obscena.

Al salir del examen, Hugo suspiró con dramatismo.

-He dejado el nueve y el diez en blanco. ¿Tú qué tal?

-Regular -dijo Marcos-. Oye, Hugo, ¿tú has oído alguna vez algo sobre gente que compra exámenes?

Hugo se rio.

-¿Comprar exámenes? Eso es de película, tío. Aquí nadie tiene ese nivel de organización.

Marcos asintió, pero no estaba convencido. Aquella tarde, en su habitación, no pudo dejar de darle vueltas. Se sentó frente al ordenador y abrió el grupo de WhatsApp de la clase. Nada fuera de lo normal: memes, quejas sobre el examen, una foto borrosa de un perro. Luego buscó el perfil de Adrián Molina. No eran amigos, así que no podía ver mucho: una foto de perfil con gafas de sol, un estado que decía «la vida es corta, los exámenes no». Marcos frunció el ceño.

Bajó a cenar con su familia. Su madre, Elena, preparaba la cena mientras su hermana pequeña, Lucía, de nueve años, dibujaba en la mesa de la cocina. Su padre, Tomás, llegó del trabajo con aspecto cansado.

-¿Qué tal el examen, campeón? -preguntó Tomás mientras se sentaba.

-Bien, supongo.

-Suponer no es saber -dijo su madre con media sonrisa-. ¿Has estudiado lo suficiente?

-Sí, mamá.

Pero la pregunta que realmente le atormentaba no era si él había estudiado lo suficiente. Era si importaba haberlo hecho cuando otros podían comprar las respuestas.

Aquella noche, antes de dormirse, Marcos tomó una decisión que más tarde reconocería como el principio de todo: iba a averiguar si lo que había visto era un caso aislado o algo más grande. No sabía muy bien por qué. Quizá por curiosidad. Quizá por ese pinchazo de injusticia que sentía en el pecho cada vez que pensaba en Claudia escribiendo sin vacilar.

A la mañana siguiente, llegó al instituto veinte minutos antes de que sonara el timbre. El pasillo de las taquillas estaba casi vacío. Marcos se sentó en un banco cercano, sacó un libro y fingió leer. A las ocho menos diez, vio a Adrián llegar. Pero no fue a su clase. Se dirigió al ala sur, donde estaban los cursos superiores. Marcos cerró el libro y, sin pensarlo demasiado, lo siguió.

Adrián entró en el baño del segundo piso. Marcos esperó fuera, junto a una ventana, durante dos minutos. Luego salió Adrián, y detrás de él, con un intervalo de treinta segundos, salió un chico que Marcos reconoció vagamente: era de cuarto, se llamaba Nico o Nicolás, y siempre llevaba auriculares enormes colgados del cuello.

Marcos apretó los labios. Algo estaba pasando en ese instituto. Y él era el único que lo sabía.






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