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La profesora Lucía tenía fama de dos cosas: de hacer las clases de ciencias más interesantes del colegio Mirasol y de tener las ideas más disparatadas. Pero aquella mañana de martes, cuando entró en el aula con un gorro de cocinero puesto y un cucharón de madera en la mano, incluso los que estaban acostumbrados a sus extravagancias se quedaron con la boca abierta.
-Este trimestre vamos a aprender ciencia de la forma más deliciosa posible -anunció con una sonrisa enorme-. Vamos a hacer un concurso de cocina.
Un murmullo recorrió la clase. Algunos aplaudieron. Otros se miraron con cara de pánico.
-Pero no será un concurso cualquiera -continuó la profesora-. Cada equipo tendrá que crear un plato original, explicar la ciencia detrás de la receta y presentarlo ante un jurado de profesores. El equipo ganador conseguirá un punto extra en el examen final y, lo más importante, el derecho a presumir durante el resto del curso.
Marta levantó la mano.
-¿Podemos elegir nuestros equipos?
-No. Los haré yo al azar.
El murmullo se convirtió en un lamento colectivo. La profesora Lucía sacó una bolsa con papelitos de colores y empezó a repartirlos.
-Equipo azul: Marta, Leo, Amina y Dani.
Los cuatro se miraron. De los veintiocho alumnos de la clase, probablemente eran las cuatro personas que menos se habrían elegido mutuamente.
Marta era la delegada de clase, organizada hasta el extremo, con una agenda donde apuntaba hasta la hora a la que merendaba. Llevaba el pelo siempre recogido en una trenza perfecta y sus libretas parecían obras de arte con títulos subrayados con regla y cuatro colores de bolígrafo.
Leo era lo opuesto a una agenda: caótico, despistado y siempre con la camiseta del revés. Pero tenía un talento natural para la cocina porque su padre era chef en un restaurante y Leo llevaba metido en cocinas desde que aprendió a andar.
Amina era la más callada de la clase. Había llegado de Marruecos hacía dos años y aunque hablaba español perfectamente, prefería escuchar a hablar. Dibujaba en los márgenes de sus cuadernos unos diseños geométricos hipnóticos y ayudaba a su madre en una pastelería marroquí los fines de semana.
Y Dani. Dani era el bromista oficial de quinto curso. Hablaba más que un loro con cafeína, convertía cualquier cosa en un chiste y había sido expulsado de la cocina de su casa después del incidente del huevo en el microondas que nadie quería recordar.
A la hora del recreo, el equipo azul se reunió en un banco del patio con el entusiasmo de cuatro gatos obligados a compartir una caja.
-Bueno -dijo Marta sacando su agenda-. Organicémonos. Tenemos tres semanas para crear un plato, preparar la presentación y practicar. Propongo hacer un calendario con tareas asignadas.
-Yo propongo hacer una pizza -dijo Leo-. Es lo más fácil y lo más rico.
-Eso es lo que hará todo el mundo -dijo Amina en voz baja-. Si queremos ganar, necesitamos algo diferente.
-¿Y si hacemos un pastel con forma de volcán que explote de verdad? -sugirió Dani-. Podemos ponerle petardos dentro.
-Nadie va a poner petardos en un pastel, Dani -dijo Marta.
-¿Ni siquiera petardos pequeñitos?
-Ni siquiera.
-Este equipo es muy aburrido.
Marta suspiró. Leo se rascó la cabeza. Amina miraba al suelo. Dani hacía equilibrios en el borde del banco.
-A ver -dijo Leo-. Mi padre siempre dice que un buen plato tiene que contar una historia. ¿Qué historia queremos contar?
-¿La historia de cuatro personas que no se soportan y tienen que cocinar juntas? -dijo Dani.
-Eso fue gracioso -admitió Amina, y se tapó la boca sorprendida de haberse reído.
-¡La seria ha sonreído! -exclamó Dani-. Apuntadlo, es histórico.
Amina se puso roja pero sonrió de nuevo.
Marta miró a los tres y algo cambió en su expresión. En lugar de seguir intentando organizar lo inorganizable, cerró la agenda.
-Vale. Quizá no necesitamos un calendario. Quizá necesitamos una idea. Una idea que sea de los cuatro.
-Mi madre hace unos dulces marroquíes que son increíbles -dijo Amina, y fue la primera vez que los demás la oyeron hablar más de media frase-. Se llaman chebakia. Son masa frita con miel y sésamo. Pero nunca los he visto en un concurso de cocina escolar.
-¿Masa frita con miel? -dijo Leo con los ojos brillantes-. Eso podría combinarse con algo de la cocina española. Mi padre hace unos buñuelos de viento que son parecidos.
-¡Fusión! -gritó Dani-. ¡Cocina fusión! ¡Como en esos programas de la tele donde mezclan comida de diferentes países!
Marta sacó un bolígrafo y abrió una página nueva de la agenda.
-Cocina fusión entre las tradiciones de nuestras familias. Eso sí que es una historia.
Por primera vez, los cuatro se miraron y asintieron al mismo tiempo. No era el mejor equipo del mundo. Pero quizá, solo quizá, podría funcionar.
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