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Alejandra se miró en el espejo del baño del instituto y no reconoció a la persona que le devolvía la mirada. No porque hubiera cambiado físicamente, sino porque la chica del reflejo llevaba una sonrisa que no sentía, un maquillaje que no le gustaba y una actitud que no era suya.
Eran las ocho menos diez de la mañana de un lunes de octubre, y en exactamente diez minutos tendría que salir al pasillo y ser «Ale», la versión de sí misma que el instituto conocía: segura, sociable, siempre con la respuesta ingeniosa en la punta de la lengua. Una chica que nunca dudaba, nunca se quedaba callada, nunca mostraba debilidad.
La verdadera Alejandra era otra persona. La verdadera Alejandra escribía poesía a las tres de la madrugada, lloraba con documentales sobre animales en peligro de extinción, y tenía una colección de minerales que guardaba en cajas de zapatos debajo de su cama porque le daba vergüenza que alguien la viera. La verdadera Alejandra tenía miedo. Miedo constante, pegajoso, irracional, de que si alguien veía quién era realmente, dejaría de importarles.
Se ajustó el pelo, borró la expresión vulnerable de su rostro como quien borra un mensaje antes de enviarlo, y salió al pasillo.
El Instituto Cervantes era un edificio de los años setenta que olía a desinfectante y a ambición contenida. Mil doscientos estudiantes repartidos en cuatro plantas, cada una con su ecosistema social propio. Alejandra cursaba tercero de la ESO en la planta segunda, que era territorio de los grupos intermedios: ni los pequeños de primero ni los semidioses de cuarto.
En el pasillo la esperaba su grupo. No amigos exactamente, aunque ella los llamaba así. Eran más bien cómplices en una representación teatral colectiva donde todos interpretaban un papel.
—¡Ale! —Lucía la saludó con un abrazo que duró exactamente el tiempo necesario para ser visto por los demás pero no tanto como para ser sincero—. ¿Has visto lo que ha subido Marcos al grupo?
—No miro el móvil antes de las ocho —respondió Alejandra con una naturalidad ensayada—. Es malo para la piel.
Risa general. La primera de muchas que tendría que provocar a lo largo del día.
Al otro lado del pasillo, Alejandra vio a Nicolás entrar por la puerta principal. Era imposible no verlo: alto, con el pelo rubio despeinado de esa manera que solo se consigue con treinta minutos frente al espejo, y una sonrisa que iluminaba cualquier habitación como un reflector.
Nicolás era el chico más popular de tercero. Quizá del instituto entero. Capitán del equipo de fútbol, delegado de clase, protagonista de la obra de teatro del año anterior. Todo el mundo quería ser su amigo, salir con él, estar en su órbita.
Lo que nadie sabía, porque Nicolás era tan buen actor como Alejandra, era que por dentro estaba completamente vacío.
Alejandra lo sabía porque lo había visto una vez, hacía tres semanas, en un momento que ninguno de los dos mencionaba jamás. Había ido al baño del segundo piso durante un recreo y lo había encontrado sentado en el suelo, entre las cabinas, con la cabeza entre las rodillas y los hombros temblando. No lloraba con sonido, lo cual era peor, porque significaba que había aprendido a llorar en silencio.
Cuando la vio, se limpió la cara con la velocidad de un prestidigitador y sonrió.
—Alergia —dijo—. El polen está fatal este año.
Era octubre. No había polen.
Alejandra no dijo nada. Solo asintió, aceptó la mentira como él aceptaba las suyas cada día, y salió del baño. Desde entonces, cada vez que se cruzaban, había un reconocimiento silencioso entre ellos: dos actores que se habían visto sin maquillaje entre bambalinas.
La mañana transcurrió con la normalidad predecible de un lunes: matemáticas donde fingía entender más de lo que entendía, historia donde fingía interesarse menos de lo que se interesaba, y un recreo donde fingía disfrutar de conversaciones que giraban en torno a quién había hecho qué el fin de semana.
Fue durante la clase de lengua cuando todo cambió.
La profesora, Orientadora Luna, que además de dar clase hacía funciones de orientadora escolar, les pidió que sacaran los teléfonos móviles. Esto era tan inusual que la clase entera la miró como si hubiera pedido que sacaran armas de destrucción masiva.
—Tranquilos, no os los voy a confiscar —dijo con una sonrisa que sugería que disfrutaba de la confusión—. Quiero que entréis en esta dirección web.
Escribió en la pizarra: www.eljuegodelosespejos.es
Murmullo general. Alejandra tecleó la dirección en su navegador y se encontró con una página minimalista: fondo negro, texto blanco, y un solo mensaje:
«Bienvenido al Juego de los Espejos. Aquí no hay máscaras. Aquí solo hay verdad. ¿Te atreves a jugar?»
Debajo, un campo para introducir un nombre de usuario anónimo y un código de centro.
—Es un proyecto de convivencia —explicó Orientadora Luna—. Funciona así: cada día durante dos semanas, la plataforma os hará una pregunta. Debéis responder con honestidad absoluta. Vuestras respuestas son anónimas: nadie sabrá quién ha escrito qué. Al final de las dos semanas, las respuestas se compilarán en un mural colectivo que representará quiénes sois realmente, no quiénes pretendéis ser.
—¿Y si alguien miente? —preguntó una voz desde el fondo. Alejandra reconoció a Irene, una chica de pelo oscuro y gafas grandes que normalmente no hablaba en clase. Era una de esas personas que parecían fundirse con las paredes, tan invisible que los profesores a veces se olvidaban de pasarle lista.
—Esa es una excelente pregunta, Irene —dijo Orientadora Luna—. La respuesta es: puede que alguien mienta. Pero el juego está diseñado para que mentir sea más difícil de lo que parece. Ya lo veréis.
Alejandra miró la pantalla de su teléfono con una mezcla de curiosidad y terror. Un juego que pedía verdad en un instituto donde la verdad era la moneda menos valorada. Era como pedir a peces que vivieran fuera del agua.
La primera pregunta apareció a mediodía, enviada como notificación a todos los que se habían registrado:
«¿Cuál es la mayor mentira que cuentas todos los días?»
Alejandra leyó la pregunta tres veces. Luego miró a su alrededor: en el comedor, docenas de compañeros miraban sus teléfonos con expresiones que iban desde la diversión hasta el pánico.
Nicolás, sentado tres mesas más allá con su grupo de amigos deportistas, miraba la pantalla con una inmovilidad que Alejandra reconoció: la inmovilidad de alguien que ha sido descubierto.
Irene, sola en una mesa del rincón con un libro abierto que no estaba leyendo, tecleaba en su teléfono con una determinación tranquila.
Y en algún lugar del instituto, alguien que Alejandra no conocía todavía había creado aquel juego con un propósito que iba mucho más allá de un simple proyecto de convivencia.
Alejandra respiró hondo y empezó a escribir su respuesta.
«La mayor mentira que cuento todos los días es que estoy bien.»
Pulsó enviar antes de poder arrepentirse. Y mientras lo hacía, sintió algo que no había sentido en mucho tiempo: un alivio tan grande que casi dolía.
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