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El laberinto de los espejos rotos
El espejo de la abuela Amara


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Nora siempre había sentido que algo no encajaba. No era como su hermano Álex, que sacaba las mejores notas sin esfuerzo y respondía a las preguntas de los profesores antes de que terminaran de formularlas. Tampoco era como su mejor amiga Lucía, que hablaba con cualquier persona como si la conociera de toda la vida y siempre sabía qué decir en el momento justo. Nora era… Nora. Y la mayoría de los días, eso no le parecía suficiente.

En el colegio se sentaba en la segunda fila, ni demasiado cerca ni demasiado lejos. Llevaba la misma sudadera gris todos los días porque la hacía sentir invisible, como un camuflaje contra las miradas. Tenía un cuaderno secreto de dibujos escondido debajo del colchón donde dibujaba personajes que vivían aventuras que ella jamás se atrevería a vivir. Nadie sabía que existía. Ni siquiera Lucía.

Aquel sábado de noviembre, su madre la llevó a casa de la abuela Amara para ayudar a ordenar el desván. La abuela se había caído hacía un mes bajando las escaleras del jardín y, aunque ya caminaba mejor con la ayuda de un bastón, no podía subir al piso de arriba.

—Ten cuidado con las cajas del fondo —le dijo su madre desde abajo mientras preparaba café en la cocina—. Algunas llevan ahí desde antes de que yo naciera. Tu abuela guarda cosas que deberían estar en un museo.

El desván olía a madera vieja y a lavanda seca. La luz de la tarde entraba en diagonal por un tragaluz cubierto de polvo, creando columnas doradas en las que bailaban partículas diminutas. Había baúles con ropa de otras épocas, cuadros apoyados contra la pared con paisajes descoloridos, y montañas de libros amarillentos cuyos títulos apenas se leían. Pero lo que llamó la atención de Nora fue el espejo.

Estaba apoyado en el rincón más oscuro, cubierto por una tela de terciopelo morado que tenía bordado un símbolo extraño: un ojo dentro de un triángulo. El espejo era ovalado, con un marco de plata labrada que representaba ramas entrelazadas. Algunas tenían hojas diminutas y otras, pequeños rostros tallados con expresiones diferentes: alegría, tristeza, furia, miedo. Nora contó siete rostros en total, y cada uno parecía mirarla desde un ángulo distinto.

Retiró la tela por completo y se miró. Su reflejo le devolvió la imagen de siempre: pelo castaño recogido en una coleta desordenada, ojos oscuros con ojeras suaves de no dormir bien, la sudadera gris, las zapatillas desgastadas. Una niña de once años que no destacaba en nada.

Pero entonces el reflejo parpadeó.

Nora se quedó paralizada. Ella no había parpadeado. Estaba completamente segura. Contuvo la respiración y miró con más atención. Su reflejo la observaba con una expresión que no era la suya: sonreía de una forma lenta y extraña, como si supiera algo que ella desconocía. Como si la estuviera evaluando.

—¿Abuela? —llamó con la voz temblorosa, sin apartar los ojos del cristal—. ¿Qué es este espejo?

La abuela Amara tardó un momento en contestar desde el piso de abajo. Nora oyó el golpeteo de su bastón acercándose al pie de la escalera.

—Ah, lo has encontrado. Ese espejo perteneció a mi abuela, y antes de ella, a su abuela. Dicen que tiene más de doscientos años y que viene de un pueblo de los Pirineos que ya no existe. Nunca me gustó tenerlo ahí arriba. Hay algo en él que… inquieta. Como si te observara cuando no lo estás mirando.

Nora tragó saliva. Su reflejo había vuelto a la normalidad, pero sentía un cosquilleo intenso en las yemas de los dedos, como una corriente eléctrica suave, como si el cristal la estuviera llamando con una voz que no se oía pero se sentía.

—No lo toques, Nora —añadió la abuela con un tono más serio del habitual—. Prométemelo. Algunos objetos antiguos guardan cosas que es mejor no despertar.

Pero Nora no contestó. Porque acababa de ver algo imposible: detrás de su reflejo, donde debería haber estado la pared del desván con sus cajas polvorientas, se extendía un pasillo interminable flanqueado por espejos de todas las formas y tamaños. El suelo era de mármol negro y brillante. Y al final del pasillo, donde la perspectiva se perdía en un punto de fuga oscuro, una silueta la observaba completamente inmóvil. Tenía su misma estatura, su misma forma, pero era negra como una mancha de tinta derramada.

Nora retrocedió de golpe, tropezó con una caja de libros y cayó al suelo. El impacto le sacó el aire de los pulmones. Cuando volvió a mirar, el espejo solo mostraba el desván polvoriento y su propio rostro asustado, con los ojos muy abiertos y el pecho subiendo y bajando deprisa.

Se levantó con el corazón latiendo tan fuerte que le dolía el pecho. Le temblaban las manos. Cubrió el espejo con la tela de terciopelo y bajó las escaleras sin decir una palabra, saltando los escalones de dos en dos.

—¿Todo bien? —preguntó su madre al verla llegar pálida a la cocina.

—Sí —mintió Nora—. Solo me he asustado con una araña.

Pero aquella noche, tumbada en la cama con la luz de la mesilla encendida, no podía dejar de pensar en el pasillo de los espejos y en la silueta que la esperaba al final. Cada vez que cerraba los ojos, la veía: oscura, quieta, esperando.

¿Quién era? ¿O, mejor dicho, qué era?

Y lo más inquietante de todo: ¿por qué sentía que ya la conocía?






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