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El sobre llegó un martes por la mañana, metido entre las facturas y la publicidad del buzón. Era blanco, sin remitente, con el nombre de Andrea escrito en letras doradas que brillaban ligeramente cuando les daba la luz. Dentro había una carta y un pequeño cristal transparente que parecía contener una niebla de colores moviéndose en su interior.
«Estimada Andrea García: Has sido seleccionada para participar en un programa experimental de investigación emocional en el Laboratorio Sentir. Si aceptas, te esperamos este sábado a las 10:00 en la dirección que figura al dorso. Trae el cristal contigo. No se lo enseñes a nadie hasta entonces. Doctora Isabel Sentir.»
Andrea leyó la carta tres veces. Luego miró el cristal. La niebla interior cambió de color azul a gris, como si reaccionara a su estado de ánimo.
Andrea García tenía doce años y la costumbre de no sentir. O más exactamente, de no mostrar lo que sentía. Cuando sus compañeros se reían, ella sonreía educadamente. Cuando había un conflicto, ella se mantenía neutral. Cuando alguien lloraba, ella decía las palabras correctas pero no sentía nada en el pecho. O eso creía.
Su madre decía que era «muy madura para su edad». Su padre decía que era «tranquila». Su profesora decía que era «emocionalmente estable». Pero lo que nadie decía, porque nadie lo sabía, era que Andrea había aprendido a reprimir sus emociones desde que sus padres se separaron cuando tenía ocho años. Había decidido, inconscientemente, que sentir dolía demasiado, así que dejó de hacerlo. O al menos, dejó de notarlo.
El cristal en su mano pulsaba con un gris apagado.
Ese mismo día, en el otro extremo de la ciudad, Pablo Herrera recibió un sobre idéntico. Pablo era lo opuesto a Andrea: sentía todo, todo el tiempo, con una intensidad que agotaba tanto a él como a quienes le rodeaban. Cuando estaba contento, gritaba. Cuando estaba enfadado, rompía cosas. Cuando estaba triste, lloraba sin poder parar. Sus padres lo llevaban al psicólogo desde los nueve años, pero Pablo no lograba controlar la oleada constante de emociones que le inundaba.
Cuando abrió el sobre, el cristal en su mano estallaba en colores: rojo, naranja, amarillo, cambiando cada segundo como un semáforo enloquecido.
—¿Qué es esto? —murmuró, fascinado.
Sara López recibió el tercer sobre. Sara era la chica que todos llamaban cuando tenían un problema. No porque fuera la más lista ni la más popular, sino porque tenía un don natural para entender cómo se sentían los demás. Cuando su amiga estaba triste, Sara lo sabía antes de que dijera nada. Cuando un compañero estaba nervioso por un examen, Sara se acercaba y decía exactamente lo que necesitaba oír.
Pero el don de Sara tenía un precio: absorbía las emociones ajenas como una esponja. Después de un día en el colegio, llegaba a casa agotada, cargando con la tristeza, la ansiedad y la frustración de todos los que la rodeaban. Dormía mal, comía poco y a veces sentía ganas de llorar sin saber por qué. Porque no eran sus lágrimas.
Su cristal brillaba con todos los colores a la vez, como un arcoíris atrapado en una bola de cristal.
El sábado, los tres llegaron por separado a la dirección indicada. Era un edificio moderno en las afueras de la ciudad, con grandes ventanales y un letrero discreto que decía «Laboratorio Sentir: Centro de Investigación Emocional».
Se encontraron en la puerta sin conocerse.
—¿Tú también tienes un cristal? —preguntó Pablo, mostrando el suyo, que relampagueaba en rojo.
Andrea asintió, enseñando el suyo gris. Sara sonrió tímidamente y mostró su cristal multicolor.
—Somos tres —dijo Sara—. ¿Qué crees que querrán de nosotros?
Antes de que nadie pudiera responder, la puerta se abrió y una mujer salió a recibirlos. Era alta, con el pelo canoso recogido en una coleta y ojos de un verde intenso que parecían ver mucho más allá de la superficie. Vestía una bata blanca con el emblema de un corazón hecho de circuitos.
—Bienvenidos —dijo con una sonrisa cálida—. Soy la Doctora Sentir. Y estos cristales que lleváis son detectores emocionales. Cada uno reacciona al perfil emocional de quien lo sostiene. Andrea, el tuyo es gris porque tus emociones están dormidas. Pablo, el tuyo es un caos de colores porque tus emociones están descontroladas. Sara, el tuyo es un arcoíris porque absorbes las emociones de todos.
—¿Cómo sabe eso? —preguntó Andrea.
—Porque los diseñé para detectar exactamente eso. Venid dentro. Voy a enseñaros algo que cambiará vuestra forma de entender lo que sentís.
Los guió por un pasillo hasta una puerta doble que se abrió con un siseo neumático. Y lo que había al otro lado dejó a los tres sin palabras.
Era una sala enorme, blanca y luminosa, con pantallas holográficas flotando en el aire, máquinas que parecían escáneres médicos avanzados y, en el centro, una estructura circular que emitía una luz suave y pulsante. Pero lo más impresionante eran las formas que flotaban en el aire dentro de la estructura: esferas de color que se movían, se fusionaban y se separaban como seres vivos.
—Esto —dijo la Doctora Sentir con orgullo— es el Emoscopio. La primera máquina del mundo capaz de hacer visibles las emociones humanas. Y vosotros tres sois los primeros sujetos de prueba.
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