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Marcos tenía nueve años y pasaba todos los veranos en casa de su abuelo Tomás, en un pueblo pequeño rodeado de campos de trigo. La casa era vieja pero acogedora, con paredes de piedra y un tejado de tejas rojas que crujía cuando soplaba el viento.
Lo que más le gustaba a Marcos era el desván. Estaba lleno de cajas polvorientas, libros antiguos y objetos que parecían sacados de otra época: un catalejo de latón, un reloj de bolsillo que ya no funcionaba, una brújula con la aguja torcida.
Pero ese verano, algo había cambiado. El abuelo Tomás ya no contaba historias como antes. A veces se quedaba mirando por la ventana sin decir nada, como si buscara algo que no podía encontrar. Otras veces llamaba a Marcos por el nombre de su padre, o le preguntaba dos veces lo mismo.
—Mamá, ¿qué le pasa al abuelo? —preguntó Marcos por teléfono una noche.
—Está perdiendo algunos recuerdos, cariño —respondió su madre con voz suave—. Es algo que ocurre a veces cuando las personas se hacen mayores. Por eso es importante que estés con él y le hagas compañía.
Marcos colgó el teléfono con un nudo en el estómago. No quería que el abuelo olvidara las cosas. No quería que olvidara las tardes pescando en el río, ni las noches de verano mirando las estrellas desde el porche, ni la canción que siempre le cantaba para dormir.
Al día siguiente, Marcos subió al desván a buscar el catalejo. Quería sorprender al abuelo observando las estrellas juntos, como hacían antes. Pero al mover una caja vieja, encontró algo que nunca había visto.
Era un mapa enrollado, atado con una cinta de terciopelo azul. Al desenrollarlo, Marcos contuvo la respiración. No era un mapa normal de carreteras o países. Era un mapa del cielo nocturno, pintado a mano con tinta dorada sobre un papel azul oscuro. Las constelaciones brillaban como si estuvieran vivas.
Pero algo estaba mal. Algunas estrellas estaban apagadas, como si alguien las hubiera borrado. Donde debería estar la Osa Mayor faltaban tres estrellas. Orión tenía el cinturón incompleto. Y en una esquina del mapa, con la letra temblorosa del abuelo, había una nota:
«Cada estrella es un recuerdo. Cuando se apaga una estrella, se pierde para siempre.»
Marcos sintió que el corazón se le encogía. Miró el mapa con atención y contó las estrellas apagadas. Eran doce. Doce recuerdos que su abuelo ya había perdido.
—Tengo que hacer algo —susurró, apretando el mapa contra su pecho.
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