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El patito feo

Una primavera entre los juncos



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Era una mañana de primavera tan luminosa que parecía pintada. El sol calentaba los tejados rojos de la granja, los manzanos estaban llenos de flores blancas y, a lo lejos, los campos de trigo verde se mecían como si saludaran al viento. Junto al río, escondida entre los juncos altos, había una mamá pata sentada sobre su nido. Llevaba ya muchos días allí, paciente, calentando sus huevos.

—¡Qué largo se hace esto! —suspiraba de vez en cuando, estirando un poco las patas—. Espero que pronto se rompa la cáscara. Las demás patas ya están paseando con sus pequeños y yo aquí, pegada al nido como una piedra.

De vez en cuando una vecina se acercaba a charlar con ella, picoteaba un poco entre las hierbas y se iba. Una tarde llegó una pata vieja, con la pluma muy lisa y aire de saberlo todo.

—¿Todavía ahí? —dijo—. Es que estos huevos son muy testarudos. A ver, déjame mirar… Mmm. Hay uno que parece distinto a los demás. Es más grande, y la cáscara, mírala, es de otro color. ¿No será un huevo de pavo? Si es de pavo, mejor déjalo. Los pavos son muy raros para criarlos. No saben nadar y dan muchísimo trabajo.

La mamá pata miró el huevo grande con cariño.

—Bueno —contestó—, ya que llevo tanto tiempo aquí, voy a esperar un poco más. Un día arriba o abajo no me hará daño.

—Allá tú —dijo la pata vieja, y se marchó moviendo la cola.

Al día siguiente, cuando el sol acariciaba la primera flor del peral, ¡crac, crac, crac!, las cáscaras empezaron a romperse una tras otra. De cada huevo salió un patito amarillo, pequeño, suavecito como una bola de algodón. Estiraban sus cuellecitos y miraban el ancho mundo con ojos brillantes.

—¡Pip, pip! —decían.

—¡Qué grande es el mundo! —exclamó la mamá pata, conmovida.

—Sí, sí, ¡muy grande! —contestaban los patitos, asomando las cabecitas por todas partes.

—¿Y vosotros creéis que esto es todo? —dijo la madre, riendo—. ¡Qué va! El mundo se extiende mucho más allá de los juncos, hasta el otro lado del huerto, donde están las gallinas y los pavos del granjero. Pero antes hay que aprender a estar juntos. ¿Estamos todos?

Miró el nido. Allí seguía el huevo grande, intacto, como una piedra blanca y enorme.

—¡Vaya! —dijo—. Justo el más grande es el más perezoso. Bueno, esperaré un poquito más.

Se sentó otra vez sobre el huevo y los patitos amarillos se acurrucaron a su lado, peleándose suavemente por el sitio más calentito. La pata vieja volvió a pasar.

—¿Otra vez ahí? —preguntó—. Te lo dije: es de pavo. Yo, en tu lugar, me iría con los pequeños y dejaría ese huevo donde está.

—Ahora ya casi he terminado —contestó la mamá pata—. Me han enseñado mis abuelas que un huevo nunca se abandona. Si he aguantado tanto, aguantaré un día más.

—Pues haz lo que quieras —respondió la otra, y se alejó arrastrando los pies.

Esa misma noche, cuando los grillos cantaban entre las hierbas y la luna nueva apenas se veía sobre el río, el huevo grande comenzó a moverse. Despacito, despacito. La cáscara crujió. Por un agujerito se asomó un piquito rosado. Después un cuello largo y delgado. Y al final salió un patito enorme, grandote, torpe, con las patas demasiado grandes y las plumas grises en lugar de amarillas.

La mamá pata lo miró sorprendida.

—¡Ay, qué grandullón eres! —dijo—. Y qué color tan raro. No te pareces a ninguno de tus hermanos. ¿No serás de pavo, como decía la vieja? Hay solo una manera de saberlo. Mañana iremos al río y, si nadas bien, serás pato. Si no, será otra cosa.

El patito grande la miró sin entender. Pió bajito, como pidiendo perdón por ser tan diferente. La mamá pata sintió ternura y le dio un picotacito cariñoso en la cabeza.

—Duérmete —le dijo—, mañana es un día importante.

Los hermanitos amarillos lo miraron con curiosidad. Uno de ellos murmuró:

—¿Por qué es tan grande?

—¡Es feo! —dijo otro—. Mira qué cuello tan largo.

—Calladitos —dijo la mamá pata con firmeza—. Es vuestro hermano y dormirá con nosotros.

A la mañana siguiente, en cuanto el sol asomó por encima del manzano, la mamá pata salió del nido seguida por toda su tropa. Los patitos amarillos la seguían en fila, como cuentas de un collar. Detrás, intentando no quedarse atrás, iba el patito grande, tropezándose con las raíces, mirándolo todo asombrado.

Llegaron al borde del río. El agua brillaba como un espejo.

—¡Plaf! —se tiró la mamá pata.

—¡Plaf, plaf, plaf! —la siguieron los patitos amarillos.

El agua los sostuvo enseguida. Sus pequeñas patas se movían sin esfuerzo, como si llevaran toda la vida nadando. La mamá pata sonrió orgullosa.

—Vamos, grandullón —dijo, mirando atrás—. Te toca.

El patito grande se asomó al borde. El agua le dio un poco de miedo. Tomó aire, cerró los ojos y se lanzó.

¡Plaf!

Para su sorpresa, no se hundió. Sus patas grandes se movieron solas, su cuerpo flotó, y antes de que se diera cuenta ya estaba nadando junto a sus hermanos. Nadaba tan bien o mejor que ellos. Se le abrió en la cara una sonrisa redonda y feliz.

—¡Lo hago, lo hago! —piaba—. ¡Mira, mamá!

—Lo veo —dijo la mamá pata, satisfecha—. Pues no es ningún pavo. Es mi pato, aunque sea distinto.

Nadaron juntos un buen rato. El sol se reflejaba en el agua, los pájaros cantaban entre las cañas y el patito grande, por primera vez en su corta vida, se sintió ligero. Dentro del agua nadie parecía notar que era distinto. Ahí, todos flotaban igual.

—Cuando hayáis aprendido bien a nadar —dijo la madre—, os llevaré al corral de la granja. Allí están los demás animales. Tenéis que ser educados, saludar y no molestar a nadie. Sobre todo, cuidado con el gato del granjero, que tiene un humor difícil.

—¡Sí, mamá! —contestaron los patitos amarillos a coro.

—¿Has oído tú también, grandullón? —preguntó la madre, dirigiéndose al patito grande.

—Sí, mamá —contestó él, y notó que la palabra «mamá» le sabía muy dulce.

Esa noche, cuando volvieron al nido, el patito grande se acurrucó al lado de sus hermanos. Estaba cansado, mojado todavía, pero feliz. Por primera vez, tenía un sitio. La luna llena brillaba entre los juncos y, allá lejos, una rana solitaria cantaba como si le dedicara una nana.

No sabía aún el patito grande que el camino que estaba a punto de empezar sería muy largo, ni que iba a tardar muchas estaciones en descubrir quién era de verdad. Pero esa primera primavera, escondida en el calor de su madre y de sus hermanos amarillos, le quedaría guardada para siempre, como un nido secreto en lo más hondo del corazón.






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