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Mateo llegó al instituto con cinco minutos de retraso, como cada lunes desde que empezó tercero de la ESO. No era rebeldía ni descuido; simplemente el despertador de su móvil había dejado de impresionarle y el autobús que le traía desde el barrio de pescadores siempre se retrasaba en la rotonda de la avenida del puerto. Subió las escaleras de dos en dos, empujó la puerta del aula de 3ºB y se encontró con una sorpresa: había alguien sentado en el sitio vacío junto al suyo.
El sitio había estado libre desde septiembre, cuando David se mudó a Madrid con su familia. Era el mejor pupitre de la clase: segunda fila junto a la ventana, con vistas al patio y suficiente ángulo muerto para que el profesor de matemáticas no te pillara dibujando en los márgenes del cuaderno. Mateo lo consideraba territorio personal. Y ahora había un desconocido en él.
El chico tenía el pelo negro, la piel morena y unos ojos oscuros que miraban al frente con una intensidad que mezclaba concentración y cautela, como si estuviera memorizando cada detalle del aula para un examen que solo él sabía que existía. Llevaba una mochila azul gastada sobre las rodillas, agarrada con las dos manos, y no hablaba con nadie.
—Mateo, siéntate —dijo la profesora de lengua, la señora Vidal, señalando su sitio—. Este es Adnan. Es nuevo. Viene de Siria.
La señora Vidal lo dijo con el tono práctico de quien presenta a un alumno nuevo cada trimestre, sin dramatismo pero con una inflexión sutil que decía: «Sed amables, por favor.» Mateo se sentó, dejó la mochila en el suelo y le echó un vistazo rápido a su nuevo compañero.
—Hola —dijo.
Adnan le devolvió la mirada. Tenía una expresión que Mateo no supo interpretar: no era hostil ni amigable, sino evaluadora, como si estuviera calibrando si Mateo era alguien en quien merecía la pena confiar.
—Hola —respondió con acento pero con claridad. Había estudiado español, evidentemente. No era un principiante.
La clase de lengua transcurrió sin incidentes. Mateo intentó concentrarse en el análisis sintáctico de una oración subordinada, pero su atención derivaba continuamente hacia Adnan, que tomaba apuntes con una letra diminuta y ordenada en un cuaderno que ya estaba medio lleno. ¿De qué? ¿De clases anteriores? ¿De otro instituto? ¿De otro país?
En el recreo, Mateo se reunió con su grupo de siempre: Pablo, que era su mejor amigo desde primaria y compartía su afición por el fútbol; Lucía, que era la más lista de la clase y nunca dejaba que nadie lo olvidara; y Jorge, que era gracioso de una forma involuntaria que le hacía más divertido que cualquier cómico profesional.
—¿Quién es el nuevo? —preguntó Pablo mientras se sentaban en su banco habitual del patio.
—Adnan. Es sirio.
—¿Habla español?
—Sí. Bastante bien, creo.
—Pues que venga a jugar al fútbol —dijo Pablo, que medía el valor de las personas por su disposición a correr detrás de un balón—. Nos falta un defensa.
Mateo miró hacia el otro lado del patio. Adnan estaba solo, apoyado contra la pared del gimnasio, comiendo un bocadillo que sacó de su mochila azul. No miraba el móvil porque, según descubriría Mateo más tarde, no tenía uno. No hablaba con nadie porque no conocía a nadie. Simplemente estaba allí, existiendo en un espacio que todavía no sentía como suyo.
Mateo pensó en acercarse pero no lo hizo. No por maldad ni por desinterés, sino por esa inercia cómoda que nos impide salir de nuestra rutina cuando todo funciona bien tal como está. Tenía a sus amigos, su banco, su recreo organizado. ¿Para qué complicarse?
Fue la señora Vidal quien lo complicó todo. Al día siguiente, en clase de lengua, anunció el proyecto trimestral.
—Este trimestre vamos a trabajar la investigación y la exposición oral —dijo con esa energía que los profesores reservan para los proyectos que llevan meses planeando—. El tema será «Historias de migración en España». Trabajaréis en parejas. Y antes de que empecéis a buscaros con la mirada, las parejas las he decidido yo.
Un gemido colectivo recorrió el aula.
—Mateo y Adnan.
Mateo sintió dos cosas simultáneas: alivio porque no le había tocado con Jorge, que era incapaz de tomarse nada en serio, y nerviosismo porque tendría que pasar semanas trabajando con alguien a quien no conocía de nada.
Miró a Adnan. Adnan le devolvió la mirada con esa misma expresión evaluadora del primer día, pero esta vez había algo más: un destello de algo que podía ser curiosidad o podía ser esperanza.
—Supongo que somos compañeros —dijo Mateo.
—Supongo que sí —respondió Adnan.
Y así empezó todo. No con un gran gesto ni con un momento cinematográfico, sino con dos palabras corrientes dichas por dos chicos que no tenían ni idea de lo mucho que iban a aprender el uno del otro.
Esa tarde, Mateo volvió a casa en el autobús mirando por la ventanilla el mar que bordeaba la avenida costera. El Mediterráneo estaba en calma, azul oscuro bajo el cielo de octubre, con una línea de espuma blanca donde las olas rompían contra las rocas del espigón. Pensó en Adnan cruzando ese mismo mar, o quizás otro, desde un país en guerra hasta un pupitre junto a una ventana en una ciudad donde no conocía a nadie.
Por primera vez, Mateo se preguntó qué se sentiría al empezar de cero en un lugar donde todo —el idioma, las costumbres, las caras, las bromas— es completamente nuevo. La idea le produjo un escalofrío que no tenía nada que ver con el viento de octubre.
Cuando llegó a casa, buscó «Siria» en internet. Dos horas después, seguía leyendo.
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