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El secreto del faro antiguo

La puerta oculta del faro



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El viento del norte azotaba la costa de Villamar con una fuerza que hacía temblar los cristales de las ventanas y levantaba cortinas de espuma blanca sobre las rocas. Era el primer sábado de las vacaciones de Semana Santa y Lucía Herrera caminaba por el sendero del acantilado con las manos hundidas en los bolsillos de su chaqueta, el pelo oscuro revoloteando como un pájaro atrapado.

A su lado, Álex Montero intentaba consultar el mapa que había impreso en la biblioteca del pueblo, pero el viento se lo arrancaba de las manos cada vez que lo desplegaba.

—Te digo que el camino es por aquí —insistió Lucía, señalando hacia el promontorio donde se alzaba la silueta del viejo faro—. Mi abuela siempre decía que había un sendero que bajaba por detrás.

—Tu abuela también decía que las gaviotas predicen las tormentas y mira qué día hace —respondió Álex, protegiéndose los ojos del sol que, paradójicamente, brillaba con fuerza entre las nubes.

—Las gaviotas sí predicen las tormentas —intervino una voz detrás de ellos—. Cuando vuelan bajo y tierra adentro, es señal de temporal. Hoy vuelan alto, así que estamos a salvo.

Nora Vidal los alcanzó con su zancada larga y decidida. Llevaba una mochila enorme de la que asomaban una linterna, una botella de agua y lo que parecía ser un cuaderno de tapas duras. Nora era la más alta de los tres, con el pelo rizado recogido en un moño despeinado y unos ojos verdes que parecían catalogar todo lo que veían.

—¿Has traído el cuaderno de campo? —preguntó Lucía.

—Siempre. Y también la cámara del abuelo, por si encontramos algo interesante.

Los tres amigos llevaban semanas planeando esta excursión. El faro de Punta Gaviota llevaba abandonado más de treinta años, desde que la automatización de las señales marítimas había dejado obsoleta la figura del farero. Ahora era una torre de piedra gris que se alzaba sobre el acantilado como un dedo acusador señalando al cielo, rodeada de hierbajos y leyendas.

En Villamar, todo el mundo tenía una historia sobre el faro. Los pescadores decían que por las noches se veía una luz que se encendía y apagaba sola. Las abuelas contaban que allí vivió un hombre que hablaba con los muertos. Los niños más pequeños juraban que estaba embrujado. Pero nadie subía nunca a comprobarlo.

Lucía había crecido escuchando las historias de su abuela Carmen sobre el faro, y siempre había sentido una curiosidad que iba más allá del morbo infantil. Había algo en la forma en que su abuela hablaba del lugar —con una mezcla de reverencia y tristeza— que le hacía pensar que allí arriba había algo más que piedras viejas y gaviotas.

—Ahí está —dijo Álex, deteniéndose en seco.

El faro apareció ante ellos cuando rodearon el último recodo del sendero. Era más grande de lo que parecía desde el pueblo: una torre cilíndrica de unos quince metros de altura, construida con bloques de granito que el salitre había teñido de un gris verdoso. La puerta principal estaba cerrada con cadenas y candados oxidados, y las ventanas de la planta baja habían sido tapiadas con tablones de madera.

—Parece que no quieren que entre nadie —observó Nora, fotografiando los candados.

—O que no salga algo —bromeó Álex.

Lucía no respondió. Estaba rodeando la base del faro, pasando la mano por la pared de piedra como si buscara algo. Su abuela le había contado una vez, en una de esas tardes de lluvia en que los recuerdos fluyen con más facilidad, que el faro tenía una puerta que no era puerta.

—¿Qué buscas exactamente? —preguntó Nora, siguiéndola con la cámara preparada.

—Mi abuela decía que el viejo farero tenía una entrada secreta. Por si alguna vez se quedaba fuera con las llaves dentro durante una tormenta.

—Una entrada secreta —repitió Álex con escepticismo—. Como en las películas.

—Como en la realidad —corrigió Lucía—. Los faros antiguos solían tener accesos de emergencia. Era cuestión de supervivencia.

Siguió palpando la pared, metro a metro, hasta que llegó a la parte trasera del faro, la que daba al mar. Allí, protegida del viento por un saliente de roca natural, la vegetación había crecido con más fuerza, cubriendo la base con una maraña de hiedra y arbustos espinosos.

—Ayudadme a apartar esto —pidió Lucía, tirando de las ramas.

Entre los tres, tardaron diez minutos en despejar un tramo de pared de unos dos metros. Y entonces lo vieron: una pequeña puerta de madera, tan baja que habría que agacharse para entrar, medio oculta por la hiedra y pintada del mismo gris que la piedra.

—No me lo puedo creer —susurró Álex.

Lucía empujó la puerta. La madera crujió, resistió un momento y luego cedió con un gemido que parecía el suspiro de alguien que llevara mucho tiempo conteniendo el aliento. Un olor a humedad, a papel viejo y a tiempo detenido les golpeó en la cara.

Nora encendió la linterna y el haz de luz reveló un pasillo estrecho que se curvaba hacia la derecha, siguiendo la forma circular de la torre. Las paredes estaban cubiertas de una capa de musgo fino y el suelo era de baldosas agrietadas.

—¿Entramos? —preguntó Nora, y su voz sonó más aguda de lo normal.

—Para eso hemos venido —dijo Lucía, y fue la primera en agacharse para cruzar el umbral.

El pasillo los condujo hasta una sala circular que debía de haber sido la vivienda del farero. Había una mesa de madera cubierta de polvo, dos sillas volcadas, una cocina de hierro ennegrecida y estanterías que aún sostenían frascos de cristal con líquidos evaporados hacía décadas. En una esquina, una escalera de caracol ascendía hacia la linterna del faro.

Pero lo que llamó la atención de Lucía no fue nada de eso. Fue lo que había sobre la mesa, bajo una gruesa capa de polvo: un cuaderno de tapas de cuero, cerrado con un cordel anudado.

—Mirad esto —dijo, levantándolo con cuidado.

El cuaderno pesaba más de lo esperado. Las tapas estaban endurecidas por el tiempo, y el cuero se había oscurecido hasta volverse casi negro. Lucía desató el cordel con dedos temblorosos y abrió la primera página.

La letra era pequeña, apretada, escrita con tinta que el tiempo había vuelto sepia. En la primera página, con caligrafía cuidadosa, se leía:

«Diario de Tomás Aguilar, farero de Punta Gaviota. Comienzo este registro el día 18 de julio de 1936, porque siento que lo que está por venir debe ser recordado por alguien.»

Lucía levantó la vista del cuaderno y miró a sus amigos. Álex tenía los ojos muy abiertos. Nora ya estaba fotografiando la página.

—18 de julio de 1936 —repitió Lucía en voz baja—. El día que empezó la Guerra Civil.

El viento aulló fuera del faro como si quisiera confirmar sus palabras, y por un momento los tres tuvieron la sensación de que el tiempo se había plegado sobre sí mismo, conectando aquel sábado de primavera con un día de verano de hacía noventa años en el que un hombre solitario, rodeado de mar y de miedo, había decidido que alguien debía contar la verdad.

—Tenemos que leerlo —dijo Lucía—. Todo.

Álex asintió despacio. Nora cerró su cuaderno de campo y se sentó en una de las sillas, levantando una nube de polvo.

—Pues empieza desde el principio —dijo Nora—. Tenemos toda la tarde.






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