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El último curso en Valdecésar
Capítulo 1: El río que ya no suena


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Valdecésar era uno de esos pueblos que solo aparecen en los mapas si amplías lo suficiente. Quinientos habitantes en invierno, mil en verano, y una fábrica de celulosa que llevaba cuarenta años siendo el único motivo para que la gente no terminara de marcharse. El río Turbión lo atravesaba de norte a sur, un cauce modesto que en las tardes de septiembre reflejaba el cielo con una precisión que a Marcos siempre le había parecido excesiva, como si el río intentara compensar con belleza lo que le faltaba en caudal.

Pero aquel septiembre, el primer día de su último curso, Marcos notó algo distinto. Volvía del instituto caminando por el sendero que bordeaba la orilla, como hacía desde los once años, y se dio cuenta de que el río no sonaba. No era que el agua estuviera quieta; se movía, discurría con su lentitud habitual. Pero faltaba algo. El murmullo constante que siempre había acompañado sus paseos, esa vibración líquida que era como la respiración del pueblo, había desaparecido. En su lugar había un silencio espeso, mineral, como si el agua arrastrara algo que la obligaba a callar.

Se agachó en la orilla. El fondo, que siempre había sido de guijarros claros y algas verdes que ondulaban como cabello, tenía ahora un tono parduzco, opaco. Y olía. No a río, no a tierra mojada ni a musgo. Olía a algo químico, penetrante, que le raspó la garganta.

-No te acerques tanto.

La voz vino de detrás. Era Nerea, que bajaba por el sendero con la mochila colgada de un hombro y el pelo recogido en una trenza que le caía sobre la clavícula izquierda. Nerea Aguirre, compañera de clase desde los seis años, hija del alcalde, la persona más inteligente que Marcos conocía y probablemente la más obstinada.

-¿Has visto el color? -preguntó Marcos.

-Lo he visto. Y lo he olido. Lleva así desde agosto. Mi padre dice que es por la sequía, que el agua está más concentrada.

-Eso no huele a concentración. Eso huele a vertido.

Nerea no respondió. Se quedó mirando el agua con una expresión que Marcos conocía bien: la que ponía cuando algo no le cuadraba pero aún no había encontrado las palabras para explicarlo.

Caminaron juntos hasta la plaza. Valdecésar tenía una plaza cuadrada con plátanos centenarios, un quiosco de música que nadie usaba y tres bares que se disputaban la clientela de los jubilados. En la terraza del Bar Centenario, Hugo y Sofía los esperaban con dos cervezas sin alcohol y los apuntes de Biología desplegados sobre la mesa.

Hugo Delgado era el tipo de persona que podía hacer reír a cualquiera en menos de treinta segundos. Alto, desgarbado, con una sonrisa perpetua que ocultaba una inteligencia afilada que él mismo se esforzaba por disimular, como si ser gracioso y ser listo fueran incompatibles. Su padre, Raúl Delgado, era el jefe de planta de Celulosa del Norte, la fábrica que daba trabajo a ciento veinte familias del pueblo.

Sofía Chen había llegado a Valdecésar a los ocho años, cuando sus padres compraron el restaurante asiático de la carretera que nadie creía que fuera a sobrevivir y que ahora era el negocio más próspero del municipio. Los primeros meses habían sido difíciles: miradas curiosas, comentarios sobre la comida que preparaban, la sensación de ser observada como algo exótico en una vitrina. Pero Sofía había aprendido pronto que la mejor forma de pertenecer a un lugar era conocerlo mejor que nadie. Era callada, observadora, y tenía una capacidad para el análisis que a veces incomodaba a quienes la rodeaban porque veía patrones donde los demás solo veían ruido. En clase, sus profesores la respetaban y la temían a partes iguales, porque Sofía no aceptaba respuestas vagas ni argumentos sin fundamento.

-¿Habéis visto el río? -preguntó Marcos sentándose.

-Medio pueblo ha visto el río -dijo Hugo-. Mi padre dice que no es nada. Que es un fenómeno natural.

-Tu padre trabaja en la fábrica -señaló Sofía.

-¿Y eso qué tiene que ver?

-Que a lo mejor no es la fuente más imparcial.

Hugo la miró con irritación, pero no rebatió. Sabía que Sofía tenía razón, aunque no quisiera admitirlo.

Nerea sacó su móvil y buscó algo.

-He estado leyendo sobre contaminación fluvial. Los síntomas coinciden: decoloración, olor químico, desaparición de fauna. Hace dos meses que no se ve un solo pez en el Turbión. Don Anselmo, el pescador, dice que nunca había pasado algo así.

-Don Anselmo tiene ochenta y tres años y dice muchas cosas -replicó Hugo.

-Que tenga ochenta y tres años no invalida su observación -dijo Marcos-. Si lleva sesenta años pescando en ese río y dice que nunca lo ha visto así, yo le creo.

El silencio que siguió fue incómodo. Los cuatro se conocían desde la infancia, habían compartido aulas, veranos, secretos y primeras decepciones. Pero aquella conversación tenía una textura diferente. No hablaban de exámenes ni de planes para el fin de semana. Hablaban de algo que implicaba a sus familias, a su pueblo, al lugar donde habían crecido. Y lo que no se decía pesaba más que lo que se decía: la posibilidad de que la fábrica que sostenía la economía de Valdecésar estuviera envenenando el río.

El calor de septiembre empezaba a ceder y el aire traía ya ese olor a tierra seca que en Valdecésar anunciaba el cambio de estación. En la mesa de al lado, dos jubilados discutían sobre fútbol con una pasión inversamente proporcional a la importancia del tema. La normalidad del pueblo seguía su curso, ajena a lo que los cuatro habían empezado a intuir.

Daniel Ruiz llegó tarde, como siempre. Se dejó caer en la silla que quedaba libre con esa mezcla de energía y desorden que lo definía. Daniel era el fotógrafo del grupo, el que siempre llevaba la cámara colgada del cuello y convertía los momentos cotidianos en imágenes que después colgaba en un blog que nadie del pueblo leía pero que tenía seguidores en tres continentes.

-Vengo de la chopera -dijo sin preámbulos-. He hecho fotos del río. Tenéis que ver esto.

Les mostró la pantalla de la cámara. Las imágenes eran perturbadoras: el agua tenía una capa iridiscente, como de gasolina, que se extendía desde un punto concreto aguas arriba. Y en ese punto, medio oculto entre la vegetación, se veía el extremo de una tubería.

-Eso sale de la fábrica -dijo Daniel.

-No puedes saberlo -dijo Hugo, pero su voz ya no tenía convicción.

-La tubería apunta directamente al complejo industrial. He seguido el recorrido con el GPS del móvil.

Marcos miró a sus amigos. Nerea tenía los ojos fijos en la pantalla con una determinación que le tensaba la mandíbula. Sofía tomaba notas en su cuaderno con la precisión metódica de quien ya está construyendo una hipótesis. Hugo miraba al suelo. Y Daniel esperaba una reacción con la impaciencia de quien sabe que ha encontrado algo importante.

-Si esa tubería es lo que parece -dijo Marcos-, estamos ante algo muy gordo.

-Si esa tubería es lo que parece -respondió Nerea-, alguien lleva mucho tiempo mintiéndonos.

Marcos sintió que el aire entre los cinco se había espesado. Ya no eran amigos sentados en la terraza de un bar hablando de las cosas que hablan los amigos. Eran algo más. Algo que no tenía nombre todavía pero que se parecía a una alianza forjada por la inquietud.

-Si esto es lo que parece -dijo Sofía en voz baja, tomando notas en su cuaderno con una caligrafía microscópica que solo ella podía descifrar-, necesitamos datos antes de hacer nada. Impresiones no son pruebas. Y sin pruebas, somos solo cinco adolescentes con una teoría.

-Sofía tiene razón -dijo Nerea-. Necesitamos analizar el agua. Necesitamos saber exactamente qué hay ahí.

Se miraron los cinco con la gravedad de quienes acaban de tomar una decisión sin haberla verbalizado. Iban a investigar. No sabían cómo, ni hasta dónde llegarían, ni qué encontrarían. Pero iban a hacerlo.

Ninguno de los cinco durmió bien aquella noche. Marcos se quedó en la ventana de su habitación mirando la silueta oscura de la fábrica contra el cielo estrellado. Las chimeneas emitían un vapor blanco que el viento arrastraba hacia el este. Pensó en su madre, que trabajaba en la oficina de administración de Celulosa del Norte. Pensó en los padres de Hugo. Pensó en el alcalde, padre de Nerea. Pensó en todo el pueblo, que dependía de aquella fábrica como un enfermo depende de un tratamiento que quizá le estuviera haciendo más daño que bien.

Y pensó en el río, que ya no sonaba, y se preguntó cuántas cosas más en Valdecésar habían dejado de sonar sin que nadie se diera cuenta.






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