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Tarek olió el humo antes de verlo. Era un olor que conocía bien —papiro ardiendo, tinta evaporándose, siglos de sabiduría convirtiéndose en ceniza— porque había crecido entre rollos de manuscritos en la Gran Biblioteca de Alejandría. Pero aquella mañana, el humo no venía de un accidente doméstico ni de una hoguera ritual. Venía del puerto.
Desde la terraza del almacén donde trabajaba como aprendiz de copista, Tarek vio las columnas negras que se elevaban sobre los muelles. Los barcos del ejército romano ardían, incendiados por orden de Julio César para impedir que la flota egipcia los capturara. Las llamas saltaban de una embarcación a otra como animales hambrientos, y el viento del Mediterráneo las empujaba hacia la costa, hacia los edificios del puerto, hacia los almacenes que contenían miles de rollos de papiro destinados a la exportación.
Tarek tenía catorce años, el pelo rizado y oscuro, y las manos permanentemente manchadas de tinta negra, el estigma de su oficio. Era hijo de un artesano egipcio que fabricaba papiro y de una madre que había muerto cuando él tenía seis años. El jefe de la biblioteca, el sabio Aristón, lo había acogido como aprendiz tres años atrás, reconociendo en sus dedos ágiles y su memoria prodigiosa las cualidades de un buen copista.
—¡Tarek! —la voz de Aristón resonó desde el interior del almacén, urgente y ronca—. ¡Baja inmediatamente!
Tarek descendió las escaleras de piedra caliza y encontró al anciano en la sala principal, rodeado de estanterías que llegaban hasta el techo. Aristón era un hombre de sesenta años con la barba blanca y los ojos del color del papiro viejo: amarillentos pero luminosos.
—El fuego se extiende —dijo Aristón sin preámbulos—. Los almacenes del puerto contienen cuarenta mil rollos que aún no hemos catalogado. Si el viento no cambia, se perderán antes del anochecer.
—¿Qué podemos hacer?
—Salvar lo que podamos. He enviado mensajeros a la biblioteca principal para pedir ayuda, pero la ciudad está en caos. César y Ptolomeo luchan por el control de Egipto, y a ninguno de los dos le importan nuestros libros.
Aquella frase se quedó grabada en la mente de Tarek. A ninguno le importan nuestros libros. Era una verdad amarga que el chico había aprendido pronto: para los poderosos, el conocimiento solo tenía valor cuando servía a sus intereses. Los manuscritos que él copiaba con devoción —tratados de astronomía, filosofía, medicina, historia— eran tesoros para los sabios pero estorbos para los generales.
Aristón le entregó una lista escrita en un trozo de papiro arrugado.
—Estos son los diez rollos más valiosos del almacén del puerto. Si solo podemos salvar diez, que sean estos. ¿Entiendes?
Tarek leyó los títulos. Reconoció algunos: un tratado de Aristarco de Samos sobre el movimiento de la Tierra alrededor del Sol, una copia del catálogo estelar de Hiparco, un manuscrito médico atribuido a Heráfilo. Pero el último título de la lista le resultó desconocido: «Sobre la naturaleza de los pueblos y la igualdad de sus razas».
—¿Qué es este último? —preguntó.
—Un texto que vale más que todos los demás juntos —respondió Aristón con una gravedad que Tarek nunca le había visto—. Y que mucha gente preferiría que no existiera.
Antes de que Tarek pudiera preguntar más, una joven irrumpió en el almacén. Tendría su misma edad, con el pelo castaño recogido en trenzas al estilo griego y unos ojos verdes que transmitían una inteligencia afilada. Llevaba una túnica blanca salpicada de manchas de ceniza.
—Mi padre me envía —dijo sin aliento—. Dice que el fuego ha alcanzado el almacén norte. Tenemos menos de dos horas.
—Hypatia —dijo Aristón—, este es Tarek, mi aprendiz. Los dos iréis al almacén del puerto. Los dos salvaréis esos rollos. Y los dos traeréis especialmente el último de la lista. ¿Está claro?
Tarek miró a Hypatia. Hypatia miró a Tarek. Ninguno de los dos sabía todavía lo que aquel manuscrito contenía, ni por qué su salvación iba a cambiar sus vidas para siempre.
Pero lo que sí sabían es que el reloj de la historia corría en su contra, y que el olor a papiro quemado era el perfume de la ignorancia avanzando.
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